Cerraba la noche disfrutando el intenso sabor de un tabaco negro como acostumbraba ya en los últimos días antes de que la realidad y la fantasía terminaran involucrándome en una puja de la que apenas estoy saliendo. Pasé varios meses en cuidado de una enfermera joven, con poca practica en el cuidado de ancianos, pero con una paciencia infinitamente superior a aquellas a quienes la vida ha castigado con el incesante clamor de la rutina. Aquella noche de mi alusión presentaba como presagio, la escazes de aire, y la desidia, por mi parte, a la caminata nocturna. En parte, la necesidad de saborear un cigarro se había convertido en una penosa obsesión esa noche. Cuando la lluvia, con fuerza extravagante hizo vibrar la puerta de la entrada supe que mi desición había sido guiada por alguna fuerza omnisciente, o al menos, el placer de mi acierto de mantenerme bajo techo me hizo sentir con tal poder. Miraba la fotografía vieja de María, muchacha que había partido hacia el norte llevándose consigo algunos años de mi vida, muchos de ellos, los mas felices. Pensaba si habría podido encontrar la salida a ese laberinto que ella misma se había creado. Gracias a ella, y en parte a mi estupidez, comenzaba a creer que la humanidad gustaba crearse problemas que le dieran sentido a su existencia. Los relámpagos como explosiones subterráneas, crujían el suelo, y despertaban un sentimiento de hastío en esa noche cruelmente solitaria. Miré por la ventana como quien espera encontrar la respuesta de una antigua pregunta olvidada en la oscura calle cubierta por el manto gris de la lluvia incesante. Para mi asombro, la silueta de una persona que se acercaba hasta la puerta de entrada de mi casa, me hizo apagar el cigarro velozmente. No esperé que hiciera sonar el timbre. Salí a su encuentro. Al abrir la puerta su figura ya no estaba. Me apresuré en llegar hasta la vereda mas no encontré señal alguna de su fugaz presencia. Abatido regresé. La necesidad de una ducha ganó terreno en mi mente, tras volver oprimido por la humedad y el frío. Al salir del baño, tomé mi lugar al lado de la estufa. Conjeturé que Rulfo pertenecía a una escuela surrealista hispanoamericana olvidada. Ya que los límites de la realidad y la fantasía en él desaparecen. Por mera curiosidad me asomé por la ventana para cotejar mi soledad. Allí estaba aquella sombría silueta bajo el enorme caudal que caía del cielo. Cerré las cortinas no sin temblor ni inquietud. Respiré unos segundos y me aventuré hasta la puerta. Al abrir, aquella figura había vuelto a desaparecer. Unos metros adelante, sobre el camino que conducía a la vereda, una extraña figura cúbica estaba en el centro de mi mirada. Miré a ambos lados, corrí y la tomé, como quien toma algo ajeno lleno de vergüenza y miedo, y regresé corriendo al interior de mi hogar. Una vez adentro, sequé mi ropa, encendí otro cigarro, (esta vez tabaco rubio), y dispuse mi atención a aquel denso cubo extraño. Lo primero en llamar mi atención fueron sus perfectos vértices, su material, que parecía ser una aleación de metales pesados. Tenía una cerradura en el centro. Creí que sería imposible dar con la llave, cuando se me ocurrió que estaría en el piso de la entrada, en el lugar en que había encontrado el cubo. Aventurarme hasta allí consumió la poca cordura que me quedaba. Definitivamente, allí estaba. Tallada, rústica, del mismo material que cubo. Su tamaño no era de gran importancia, sino mas bien la leyenda que tenía grabada. Sus simbología era árabe, " اعادة بلادي حلوي الجنون " su significado, " la dulce locura". Al girar la llave y abrir el cubo, había otro mas pequeño en su interior, fiel al estilo ruso de las "Matrioshkas o Mamushkas". Creí que al final daría con algún viejo mensaje, o con alguna revelación. Esta idea comenzó a tomar posesión de mi mente, al punto que habían pasado tres días y tres noches, abriendo cubos, sin llegar al cubo final. Ya no comía, ni dormía, mi existencia estaba determinada por el fin de aquél acertijo. Colapsó mi cuerpo y mi mente. Cuando entraron en mi casa los agentes polciales, sólo recuerdo el ruido incesante de las sirenas de la ambulancia, hallarme acostado sobre una camilla, en un estado de total indiferencia ante el espectáculo, con la firme ambición de llegar al final de aquél laberinto cúbico. Antes de cerrar los ojos por acción de los calmantes, grabé en mi memoria los ojos desorbitados del policía que guardaba el cubo dentro de su mochila. Sólo yo sé que sin la llave que aún guardo, no podrá abrirlo. La revelación del cubo será sólo mía o moriré en el intento.
G. F. Degraaff
He vuelto
He buscado, contraído, la versatilidad de mi derrota, y he sentido el placer de desaprender. Ahora vuelvo, con el calor de un claro mensaje.
Los últimos
Recuerdo la noche más fría que pueda imaginar. Para lamento mío fui parte de ella. Sobre un extenso montículo donde nuestra base tenía lugar. Recuerdo sobre todo el brillo de los disparos. Pensaba que eran estrellas, cuando al mirar hacia el cielo, la lluvia de resplandores cegaba mis ojos. Aturdido por la atmósfera, recorría ciento ochenta grados con mi batería el inmenso horizonte que me miraba de frente. A mis costados cientos de jóvenes cumplíamos la misma función. La misma misión. Disparabamos sin tregua por convicciones que no eran nuestras. Por una idea que no nos correspondía.
Muchos recién egresábamos de la escuela secundaria. Teníamos una vida casi entera por vivir, ideas que conocer, y reflexiones que hacer. Todo era secundario, nada de eso existía en nuestro mundo, que ensordecido se debatía entre la vida y la muerte. Recuerdo ese amanecer donde las órdenes eran claras, retroceder unos quinientos metros. Vi pasar muchos rostros manchados, no recuerdo bien si era lodo o sangre, habían de los dos. Pero la sensación de miedo y terror era la misma en cada una de aquellas caras. Todos regresaban y pasaban a tu lado sin mirarte siquiera. Algunos se detenían, maldecían y quedaban postrados en la cercanía, con sus ojos mirando el infinito. Cuando volví en mí, muchos habían dejado de disparar. Pues, éramos la única batería en el frente. Había desaparecido todo signo de vida mas allá de los seis soldados que cargábamos, preparábamos y disparábamos la batería. Eramos la última en el frente. El enemigo avanzaba si piedad con sus fusiles y con nosotros. El primero en caer fue Tomás. Había ido en busca de ayuda a las puertas del cielo. Eso creímos todos. Algunos preparaban el café de la mañana. Otros comían pasas de uva. Ninguno dudaba la inminencia. Todos sabían que iban a morir. Cuando el sol comenzaba a asomarse sin tregua, podíamos divisar la líneas enemigas que se acercaban en el vastedad del horizonte. Un soldado se hizo presente, esquivando las explosiones de sus pasos.
-¡Teniente! gritó.
-Digame soladado, ¿qué hace aquí?.
-¡Soy cocinero! exclamó el soldado, casi inaudible.
-¡Ah! ¡Perfecto! ¡justo lo que necesitábamos! Y el teniente siguió gritando órdenes a su tropa.
-¡Teniente! volvió a rugir el soldado.
-¡¿Qué quieres? Respondió este sin ruido.
-¡Todos vamos a morir! gritó el soldado.
-¡Si no quieres hacerlo vete de aquí pronto!.
-¡No quiero morir así!.
-¡Vete entonces te digo!.
-¡No quiero morir sin disparar un tiro! ¡Déjeme disparar uno al menos!. El teniente lo miró fijo. Sin palabras le cedió el comando de la batería al ver menguada la fuerza y claridad de sus hombres. El soldado disparaba, cómo esos animales a quienes la libertad los atropella, a quienes saben que el mundo está allí por ultima vez, y la sangre pide el paso a la cabeza para empujar la misión de la vida. Cuando la batería fue cargada por segunda vez, sólo quedaban el soldado y el teniente. Algunos disparos, y la batería se traba. Por el calor, una grieta impedía el disparo. En un segundo reconoció el teniente a su ángel. Quien había llegado hasta allí. Quien no rendiría jamás la última pieza, y quizá el último disparo. La pieza de artillería jamás se rindió. Sólo dejó de funcionar. El coraje de tal acción quedaría perpetuo en el corazón del teniente. Quien exhibiría la bandera, en el museo de Córdoba del grupo de artillería de aerotransportado 4 (GAEROT 4), con que fue cubierta cuando por fuerza debieron guardar la pieza y regresar al continente.
G. F. Degraaff
(A mi padre)
Muchos recién egresábamos de la escuela secundaria. Teníamos una vida casi entera por vivir, ideas que conocer, y reflexiones que hacer. Todo era secundario, nada de eso existía en nuestro mundo, que ensordecido se debatía entre la vida y la muerte. Recuerdo ese amanecer donde las órdenes eran claras, retroceder unos quinientos metros. Vi pasar muchos rostros manchados, no recuerdo bien si era lodo o sangre, habían de los dos. Pero la sensación de miedo y terror era la misma en cada una de aquellas caras. Todos regresaban y pasaban a tu lado sin mirarte siquiera. Algunos se detenían, maldecían y quedaban postrados en la cercanía, con sus ojos mirando el infinito. Cuando volví en mí, muchos habían dejado de disparar. Pues, éramos la única batería en el frente. Había desaparecido todo signo de vida mas allá de los seis soldados que cargábamos, preparábamos y disparábamos la batería. Eramos la última en el frente. El enemigo avanzaba si piedad con sus fusiles y con nosotros. El primero en caer fue Tomás. Había ido en busca de ayuda a las puertas del cielo. Eso creímos todos. Algunos preparaban el café de la mañana. Otros comían pasas de uva. Ninguno dudaba la inminencia. Todos sabían que iban a morir. Cuando el sol comenzaba a asomarse sin tregua, podíamos divisar la líneas enemigas que se acercaban en el vastedad del horizonte. Un soldado se hizo presente, esquivando las explosiones de sus pasos.
-¡Teniente! gritó.
-Digame soladado, ¿qué hace aquí?.
-¡Soy cocinero! exclamó el soldado, casi inaudible.
-¡Ah! ¡Perfecto! ¡justo lo que necesitábamos! Y el teniente siguió gritando órdenes a su tropa.
-¡Teniente! volvió a rugir el soldado.
-¡¿Qué quieres? Respondió este sin ruido.
-¡Todos vamos a morir! gritó el soldado.
-¡Si no quieres hacerlo vete de aquí pronto!.
-¡No quiero morir así!.
-¡Vete entonces te digo!.
-¡No quiero morir sin disparar un tiro! ¡Déjeme disparar uno al menos!. El teniente lo miró fijo. Sin palabras le cedió el comando de la batería al ver menguada la fuerza y claridad de sus hombres. El soldado disparaba, cómo esos animales a quienes la libertad los atropella, a quienes saben que el mundo está allí por ultima vez, y la sangre pide el paso a la cabeza para empujar la misión de la vida. Cuando la batería fue cargada por segunda vez, sólo quedaban el soldado y el teniente. Algunos disparos, y la batería se traba. Por el calor, una grieta impedía el disparo. En un segundo reconoció el teniente a su ángel. Quien había llegado hasta allí. Quien no rendiría jamás la última pieza, y quizá el último disparo. La pieza de artillería jamás se rindió. Sólo dejó de funcionar. El coraje de tal acción quedaría perpetuo en el corazón del teniente. Quien exhibiría la bandera, en el museo de Córdoba del grupo de artillería de aerotransportado 4 (GAEROT 4), con que fue cubierta cuando por fuerza debieron guardar la pieza y regresar al continente.
G. F. Degraaff
(A mi padre)
El Olmeca
Las regiones volcánicas sobre las que estaba acentado el pueblo fueron la fuerza principal de su propia destrucción. A los pies de Huehueteotl, o Xiuhtecuhtli, señor del fuego de la comunidad Olmeca; figura principal de este pueblo antiguo que residía en los montículos elevados de Cuicuilco, en las últimas estribaciones de la cadena volcánica de Ajusco y al extremo suroriental del Valle de México; los sacrificios, se volvieron la última prueba de fidelidad para frenar el desastre. Mujeres y niños sacrificados, hombres y ancianos reverenciaban la sangre que bañaba la estatua del Dios, representado por un anciano con la cabeza baja soportando un gran cuenco sobre ésta y los brazos. El horizonte dejaba ver el rojo amanecer precedido por nubes violentas que llegaban desde el oriente. La sombra retrocedía.
A todas las castas inferiores les corresponde siempre el privilegio único de otorgar la vida por la comunidad entera, mientras los elevados lideran e impulsan el desarrollo. Un joven olmeca, llamado Xitli, esperaba el turno para ser decapitado a los pies de Xiuhtecuhtli, mientras miraba no sin lágrimas los bellos ojos que jámas volvería a mirar de Atxatl. El sacrificio comenzaba con una especie de baño de vapor o temascal, para purificar el alma de la persona, y luego, de rodillas, mirando al piso sobre una tarima de piedra gritaba su nombre por última vez al universo. Llegado el turno de Xitli, este miró a Atxatl y decidió ser dueño de su destino. Corrió, entre la paranoia de la comunidad, perdiéndose en la aglomeración de cuerpos. Tomó de la mano a Atxatl para perderse en una carrera contra el tiempo. Varios hombres habían salido tras él, el joven desertor que no estaba dispuesto a regalar su vida a su Dios, a su comunidad. Noches antes al último amanecer, bajo una luna gris, Xitli había jurado que sólo moriría por Atxatl, que suya era su alma y nadie podría jamás arrebatársela.
La carrera se dificultaba, los sacerdotes dieron aviso al pueblo, gritando que era menester el alma de Xitli para la salvación al inminente desastre que presagiaban las profecías. Corrieron durante horas. Bajo una montaña, una cavidad los abrigó. Pasadas unas horas, cuando el mediodía asemejaba una noche, un grupo de hombres encontró la puerta al pasaje montañoso que albergaba a los desertores. La única orden era eliminarlos por traición para satisfacer a Huehueteotl. Los encontraron siguiendo el humo que emanaba del interior de la montaña. Los encontraron en pleno acto sexual. Sin poder resistirse, recibió el golpe de una lanza de piedra en la altura de los pulmones. Xitli cayó inmediatamente sobre Atxatl, quien recibió la misma suerte sobre el plexo solar. Ambos habían sido eliminados bajo el nombre de un Dios. Esa noche determinó el principio del fin de aquella vieja civilización. Un volcán hizo erupción, explotó cubriendo dos terceras partes del montículo sobre el que se erigían los cimientos de la gran ciudad. Ninguna civilización que arroje oraciones a Dios, olvidando el amor mas puro, subsistirá en la Tierra. Cabe aclarar que aquel viejo volcán que destruyó esta civilización recibe el nombre de Xitli.
G. F. Degraaff
A todas las castas inferiores les corresponde siempre el privilegio único de otorgar la vida por la comunidad entera, mientras los elevados lideran e impulsan el desarrollo. Un joven olmeca, llamado Xitli, esperaba el turno para ser decapitado a los pies de Xiuhtecuhtli, mientras miraba no sin lágrimas los bellos ojos que jámas volvería a mirar de Atxatl. El sacrificio comenzaba con una especie de baño de vapor o temascal, para purificar el alma de la persona, y luego, de rodillas, mirando al piso sobre una tarima de piedra gritaba su nombre por última vez al universo. Llegado el turno de Xitli, este miró a Atxatl y decidió ser dueño de su destino. Corrió, entre la paranoia de la comunidad, perdiéndose en la aglomeración de cuerpos. Tomó de la mano a Atxatl para perderse en una carrera contra el tiempo. Varios hombres habían salido tras él, el joven desertor que no estaba dispuesto a regalar su vida a su Dios, a su comunidad. Noches antes al último amanecer, bajo una luna gris, Xitli había jurado que sólo moriría por Atxatl, que suya era su alma y nadie podría jamás arrebatársela.
La carrera se dificultaba, los sacerdotes dieron aviso al pueblo, gritando que era menester el alma de Xitli para la salvación al inminente desastre que presagiaban las profecías. Corrieron durante horas. Bajo una montaña, una cavidad los abrigó. Pasadas unas horas, cuando el mediodía asemejaba una noche, un grupo de hombres encontró la puerta al pasaje montañoso que albergaba a los desertores. La única orden era eliminarlos por traición para satisfacer a Huehueteotl. Los encontraron siguiendo el humo que emanaba del interior de la montaña. Los encontraron en pleno acto sexual. Sin poder resistirse, recibió el golpe de una lanza de piedra en la altura de los pulmones. Xitli cayó inmediatamente sobre Atxatl, quien recibió la misma suerte sobre el plexo solar. Ambos habían sido eliminados bajo el nombre de un Dios. Esa noche determinó el principio del fin de aquella vieja civilización. Un volcán hizo erupción, explotó cubriendo dos terceras partes del montículo sobre el que se erigían los cimientos de la gran ciudad. Ninguna civilización que arroje oraciones a Dios, olvidando el amor mas puro, subsistirá en la Tierra. Cabe aclarar que aquel viejo volcán que destruyó esta civilización recibe el nombre de Xitli.
G. F. Degraaff
Río
Vuelo, porque volar es mi naturaleza. Creo, porque creer nace de mi centro. Y rompo lo antiguo para ceder paso a lo nuevo. Destruyo las cadenas de todas las conquistas para que mi alma sea libre y para que mi corazón camine por los rincones no descubiertos de mi templo. Ensayo frente al espejo la mirada de mi amor. Pero por mas que intente no doy con la gota de sudor que brota al mirarte. Todo parece nuevo cuando la transformación es inminente. Y compadezco a quienes perdidos caminan entre el cielo y la tierra. Estallo por dentro, con las manos en grulla, buscando sentirme por dentro. El camino es difícil, es arduo, es para dedicarle constancia y sacrificio. Es para los valientes. Para los enamorados. Es para recorrerlo y no escaparse con algunas lágrimas superfluas que esconden la sonrisa iracunda de un cielo de oro. He conocido a quién por dinero entrega hasta su amor propio. He conocido a quien busca ser amado sin amar. Y los compadezco. Todos quieren poseer en su recuerdo, pero el recuerdo es lo primero que se pierde con la muerte. Igual que el dinero. Pobres almas. Me senté a su lado una noche de alcohol, me embarré en sus desdichas y las hice propias. Pero eso no me pertenece. Son de esas almas que lloran el pasado, sin mover un pelo.
Cuando abrí los ojos una tarde en que el horizonte cortaba con tijera los rayos ámbar del sol, ese caudal de fuego casi eterno, descubrí que mas vale el sacrificio de las lágrimas de una muerte lenta, que el placer oscuro y corrosivo de una eternidad caótica. Hoy escribo para los felices. Por primera vez. Para el que cierra un tiempo de inquietud, para quien encuentra y decide un destino. Para la juventud que busca la nueva verdad, que escapa de las gredas de las mentiras de personajes sin caminos.
Si te quitaran lo mas preciado de tu vida, ¿Qué te quedaría?. Encontré en la muerte el final mas dulce de toda esmeralda. De nada sirve dedicar la vida al exterior. Vacilé, eso no es noticia, pero hay en el interior una magia que transforma, que consuela. Me voy hacia adentro con la certeza de encontrar la completitud de la vida. Sin dependencias. Aceptando sin aceptar. Gritando sin gritar. Caminando de la mano con la nueva sabiduría que me cubre. Vive por ti, muere por ti, pero ama a todo el resto como si tu vida se extinguiese en este momento.
G. F. Degraaff
Cuando abrí los ojos una tarde en que el horizonte cortaba con tijera los rayos ámbar del sol, ese caudal de fuego casi eterno, descubrí que mas vale el sacrificio de las lágrimas de una muerte lenta, que el placer oscuro y corrosivo de una eternidad caótica. Hoy escribo para los felices. Por primera vez. Para el que cierra un tiempo de inquietud, para quien encuentra y decide un destino. Para la juventud que busca la nueva verdad, que escapa de las gredas de las mentiras de personajes sin caminos.
Si te quitaran lo mas preciado de tu vida, ¿Qué te quedaría?. Encontré en la muerte el final mas dulce de toda esmeralda. De nada sirve dedicar la vida al exterior. Vacilé, eso no es noticia, pero hay en el interior una magia que transforma, que consuela. Me voy hacia adentro con la certeza de encontrar la completitud de la vida. Sin dependencias. Aceptando sin aceptar. Gritando sin gritar. Caminando de la mano con la nueva sabiduría que me cubre. Vive por ti, muere por ti, pero ama a todo el resto como si tu vida se extinguiese en este momento.
G. F. Degraaff
"...Apenas llegado a Sharax, el fatigado emperador había ido a sentarse a la orilla del mar, frente a las densas aguas del Golfo Pérsico. En aquel momento no dudaba todavía de la victoria, pero por primera vez lo abrumaba la inmensidad del mundo, la conciencia de su edad y de los límites que nos encierran. Gruesas lágrimas rodaron por las arrugadas mejillas del hombre a quién se creía incapaz de llorar. El jefe había llevado las águilas romanas a riberas hasta entonces inexploradas, comprendió que no se embarcarían jamas en aquel mar tan soñado; la India, la Bactriana, todo ese oriente tenebroso del que se había embriagado a distancia, se reducirían para él a unos nombre y a unos ensueños. A la mañana siguiente, las malas noticias lo forzaron a retroceder. Cada vez que el destino me ha dicho no, he recordado aquellas lágrimas derramadas una noche en lejanas playas por un anciano que quizá miraba por primera vez su vida cara a cara..."
Marguerite Yourcenar
Marguerite Yourcenar
Regreso
He trascendido la carne. He quitado las máscaras antiguas de las cenizas que se hicieron mi piel. Cautivo el calor del fuego eterno y regreso al camino que me conduce a la batalla mas noble. Embargo la risa por un instante a los demonios que oscurecieron la luz de mi brillo. Queda mucho por caminar, pero el primer paso ha sido mío. De mi centro. Brilla la luz al final. Ahí, donde las luciérnagas intentan cerrar el paso, donde los murciélagos esperan romper mi alma. Pienso, recuerdo, valoro. He sido esclavo del paisaje en la mentira, he pisado los infiernos donde la carne abunda. Putrefacta. Impura. Cuantas palabras dedicadas al olvido. Encuentro en tus manos la brújula de mi color. Resucito la magia eterna del ser humano en mi corazón. El mas noble camino. El del corazón. Errar, perder, romper. Aprendo en la derrota. Falaz, tímido, Asqueroso. Veo con el sol la transición del inconciente. Respiro el aire en la tranquilidad. Agradezco al destino todas sus pruebas. Las que abren ojos. No seré quien encienda velas a alguna estatua sin vida. Mientras invento el mundo detrás de una pantalla. No seré quien se esconda en las plegarias, mientras olvido la sutileza de mi alma. Temor, odio, mentira. Las he visto de cerca. Protagonistas. Encuentro la llave para saltar. Cuelga del cuello sabio de dos perlas que miran incrédulas lo que he sido. Caigo en las manos de la derrota, dulce derrota, que enseña la vida. Gran maestro que perdona mis errores, y castiga con la dureza del acero de su corazón. Me entrego a ella. Quien guía con su corazón el mío. Que sostiene la fuerza y la fé. Que con su mano me enseña, que el amor es la última verdad. Enseña, con su indiferencia hacia la falsedad. Y hace odiar aquello que ensucia el último brillo de la conciencia. Agradezco a la vida. La tuya.
G. F. Degraaff
G. F. Degraaff
Sed
Cerca de las colinas de las flores, la esperanza echa raíces en la sangre del destino. Caminan extasiados los viajeros, con la sed de mil serpientes, en dirección al río oriental. Beben, y sacían su apetito con el polvo de estrellas que toda montaña posee. ¡Se escuchan campanas! y la atmósfera nocturna del lugar comienza a reclamar el trono. La brisa eriza la piel hasta convertirla en agua jadeante, el perfume inunda las fauses de los caminantes y baña el vientre cercano de la magia. Cuando la noche impone su autoridad, los ojos cansados sueñan el universo, millones de ojos mantienen el color de la noche, cautiva de soñadores rendidos en sus tareas, en años luz de distancia. Entonces, cuando las flores duermen, las almas de la conciencia inorgánica liberan las cadenas de una percepción lejana y toman el protagonismo de la escena. Corren por los campos de perlas los corcéles furiosos, que nacen del fuego de las puertas. El fondo sólo es mío, todo allí observa el centro. Camino sin tiempo por paraísos de azufre. Vuelco la botella y el piso es la tumba. Colores fugaces y luces parpadeantes mueven la música de fondo. Hasta la madrugada en que el sol mira el horizonte próximo y mata con puñal la oscuridad del universo. Los caminantes mueven las manos y sienten la dureza del espejo. Poco a poco se incorporan y vuelven a escuchar el sonido suave del rocío. Levantan el alma dormida y miran la cima una última vez, allí donde anidaran por siglos. Para no dormir. Inclaudicables, indestructibles, suben con el río de sangre a su lado. Allí donde beben los viajeros.
G. F. Degraaff
G. F. Degraaff
Limitación concreta, infinidad ideal
La similitud entre el Universo y las ideas se basa en la cantidad de luz y oscuridad que son capaces de generar. Quizá la cantidad de estrellas sea proporcional a la cantidad de posibilidades que la humanidad es capaz de generar. De esta forma expresaba su teoría de los límites del Universo. Las matemáticas son infinitas
-prosiguió- así vemos al Universo, pues, nos es mas fácil conjeturar que demostrar.
Durante mas de dos horas expuso en su conferencia todos los motivos científicos que conducían a creer que dentro de la vastedad del Universo existían límites indescifrables a los que llamábamos infinito. Rompió la idea de la divisibilidad de la materia en relación con los números, -los números son ideales y por eso puede llevarse a cabo una divisibilidad infinita, pero la materia es concreta, y no puede postularse una divisibilidad mayor a la que sus partes conforman. De igual manera, se explayó subrayando la idea del eterno regreso como válida, ya que dentro de las limitaciones entre el tiempo y el espacio, las piezas pueden ser reorganizadas de diversas maneras. Incluso susurró que el tiempo carecía de manifestación lineal,
-el tiempo no es mas que una ilusión generada por la mente en contacto con lo concreto, ilusión que es posible desarticular y reorganizar también.
Su conferencia tuvo momentos efusivos de plena concordancia con los allí reunidos. Todos parecían estar de acuerdo con las palabras del profesor. La palabra atrapa cuando hay fundamento, pero más atrapa cuando hay sentimiento. Y había una cuota alienada de profundidad y religión en las palabras de aquel anciano profesor. Todos lo conocían muy bien, su vida fue una triste y elevada plegaria al destino, una lucha constante de creencias y logros, de vida y muerte. Fue despues del deseso de su esposa que vivió para demostrar que la eternidad era una abstracción, impulsado inclusive por la ira de no poseer en su brazos al amor de su vida, forjó una batalla contra Dios. Aún recordaba cuando su esposa le juraba estar a su lado por siempre. Palabras que jamás olvidó. Una fotografía que llevaba en su pecho le recordaba su presencia. Una imagen grabada en su alma le pesaba tanto como la culpa que sintió al estar ausente cuando su amada murió. La mitad de su vida combatiendo ese infinito falaz que se había creado, marcó su locura. Se había roto en él la magia.
Antes de finalizar su conferencia cedió lugar a dos preguntas, preguntas que jamás olvidaría. -¿Qué tan necesaria, profesor, se vuelve la idea de eternidad?, ¿Acaso la idea de amor, no es ella quien nos conduce a creer en la eternidad?. Lágrimas, sólo lágrimas, fue su respuesta ante la magnitud de tal pregunta.
G. F. Degraaff
-prosiguió- así vemos al Universo, pues, nos es mas fácil conjeturar que demostrar.
Durante mas de dos horas expuso en su conferencia todos los motivos científicos que conducían a creer que dentro de la vastedad del Universo existían límites indescifrables a los que llamábamos infinito. Rompió la idea de la divisibilidad de la materia en relación con los números, -los números son ideales y por eso puede llevarse a cabo una divisibilidad infinita, pero la materia es concreta, y no puede postularse una divisibilidad mayor a la que sus partes conforman. De igual manera, se explayó subrayando la idea del eterno regreso como válida, ya que dentro de las limitaciones entre el tiempo y el espacio, las piezas pueden ser reorganizadas de diversas maneras. Incluso susurró que el tiempo carecía de manifestación lineal,
-el tiempo no es mas que una ilusión generada por la mente en contacto con lo concreto, ilusión que es posible desarticular y reorganizar también.
Su conferencia tuvo momentos efusivos de plena concordancia con los allí reunidos. Todos parecían estar de acuerdo con las palabras del profesor. La palabra atrapa cuando hay fundamento, pero más atrapa cuando hay sentimiento. Y había una cuota alienada de profundidad y religión en las palabras de aquel anciano profesor. Todos lo conocían muy bien, su vida fue una triste y elevada plegaria al destino, una lucha constante de creencias y logros, de vida y muerte. Fue despues del deseso de su esposa que vivió para demostrar que la eternidad era una abstracción, impulsado inclusive por la ira de no poseer en su brazos al amor de su vida, forjó una batalla contra Dios. Aún recordaba cuando su esposa le juraba estar a su lado por siempre. Palabras que jamás olvidó. Una fotografía que llevaba en su pecho le recordaba su presencia. Una imagen grabada en su alma le pesaba tanto como la culpa que sintió al estar ausente cuando su amada murió. La mitad de su vida combatiendo ese infinito falaz que se había creado, marcó su locura. Se había roto en él la magia.
Antes de finalizar su conferencia cedió lugar a dos preguntas, preguntas que jamás olvidaría. -¿Qué tan necesaria, profesor, se vuelve la idea de eternidad?, ¿Acaso la idea de amor, no es ella quien nos conduce a creer en la eternidad?. Lágrimas, sólo lágrimas, fue su respuesta ante la magnitud de tal pregunta.
G. F. Degraaff
65 años
Desperté con la misma angustia con que cerré mis ojos para dormir. Como si el tiempo no hubiera girado, como si en un segundo volara el infinito a la misma escena. Yacía mirando el techo, con la desazón que reptaba mi cuerpo, buscaba en vano el pensamiento no lineal de mi costumbre. El terror de mi existencia manifestado en una constante dentro de mi sensaciones y de mi mente. No correspondía explicación que amortiguara mi desorden. Con algunas fuerzas me levanté, no sin mirar a mi alrededor y ver un extraño brillo en cada objeto. Ya no era mi habitación. Era de las mil almas que habían pasado por ella. Cada rincón escondía partes de alguna vieja historia. Ajena a mi sensación aflictiva, la habitación me encerraba. Imaginaba mil y una vez situaciones donde la fuerza de mi angustia crecía. El control lo había perdido al enterarme yo de algo que encendió la mecha. Hasta explotar no pararía. Tembloroso, al salir de la habitación, bebía mi taza de leche caliente. Mientras fuerzas ajenas libraban la batalla que yo había dado por finalizada. El frío golpeaba mis dedos al abrir la puerta. Una súbita explosión me dijo: -¡Ya está!. Había perdido mi angustia. Al pensar en ella con melancolía, regresó. Caminé y como de costumbre encendí un cigarro. El cielo mostraba una cerrazón incierta y mis pasos hasta mi destino consumieron velozmente a mi humeante compañero. ¿Cuándo terminará todo esto? pensaba. Las gotas como presagio comenzaron a caer. Recién empieza escuché decirme. Todas las mañanas miles de rostros. Miles de vidas, de problemas, de esperanzas, de vulgaridades y fantasías, de penas y monedas, mezclados con la penuria de sinceridad. La velocidad es compañera del dolor. Cuando uno está alegre desea que el tiempo circule despacio. Bajé del tren dispuesto a ocultarme bajo el techo de la estación. Opté por saltar las barreras, aunque tenía mi boleto. Eso me daría fuerzas para seguir. Pero una vez escapado hacia la salida, la fuerza se desvaneció como arena. Y así comenzaba otro día. -El frío no golpea a las palomas. Dije, aunque nadie escuchó. Mientras miraba una bella paloma caminar entre charcos de agua helada al cordón de una vieja calle y miles de piernas cruzaban peligrosamente sobre su cabeza. Será necesario un baño de agua fría para calmar esta angustia. Caminé unas cuadras hasta la puerta de mi cárcel diaria. Debía cumplir quien sabe que condena, sólo por ser parte de la sociedad. Allí, los mismos rostros de todos los días, aquellos que uno desconoce familiarmente. Y yo con mi angustia entro, preparo mis objetos de trabajo y guardo un rato mi vida junto a mis cosas en un casillero de metal. La angustia me acompaña hasta el final del día, y yo pregunto ¿Cuándo terminará todo esto? y como presagio suena la voz del despertador, y escucho decir: -Esto recién empieza.
G. F. Degraaff
G. F. Degraaff
6:58 AM
profetizo la magia de mi ser. Nada puedo hacer contra ello. La arrogancia parece temblar al terminar. Lo mío. Lo propio. Cada parte nace de sí mismo. Eso es lo que parecemos creer. La superficie siempre tiene las mejores rocas. Son perfectas en sí mismo. ¡Si alguien conoce un ser completo en sí mismo sin la fantasía de sus propios colores, por favor avise! Creo que pocos o incluso, me atrevo a decir que nadie, posee la magia en sí mismo, sin otorgar el sello de divinidad en los demás. Los dioses creen que todo es perfecto en su punto de vista. ¿Creemos esa historia?.
Corremos senderos, eso es claro, en realidad sin poder elegir. La vida elige por nosotros. ¿Escape?. No lo creo, cuando es uno mismo quien hace un nudo a todo el circo, las manadas comienzan a pensar en sus propios privilegios. Entonces sólo quedas en el abismo cruel de tus propios caminos. Lames las botas de quien ha hecho algo por ti. Cuando todo es incierto. ¿Por qué sublivarnos a la vida en su esplendor?. Es cuando vemos mas claro. Cuando una dificultad está próxima. Cuando estamos entre la espada y la pared, es cuando lo mejor que hay en tí irredento exclama!:- Vuela, ¡sólo vuela!.
He visto la salida de este laberinto, sólo unas pocas luces lo marcan, ¿Cuánto estamos dispuestos a regalar? Aunque sea ese milagro que es la vida. ¿Cuánto estamos dispuestos a regalar?
G. F. Degraaff
Corremos senderos, eso es claro, en realidad sin poder elegir. La vida elige por nosotros. ¿Escape?. No lo creo, cuando es uno mismo quien hace un nudo a todo el circo, las manadas comienzan a pensar en sus propios privilegios. Entonces sólo quedas en el abismo cruel de tus propios caminos. Lames las botas de quien ha hecho algo por ti. Cuando todo es incierto. ¿Por qué sublivarnos a la vida en su esplendor?. Es cuando vemos mas claro. Cuando una dificultad está próxima. Cuando estamos entre la espada y la pared, es cuando lo mejor que hay en tí irredento exclama!:- Vuela, ¡sólo vuela!.
He visto la salida de este laberinto, sólo unas pocas luces lo marcan, ¿Cuánto estamos dispuestos a regalar? Aunque sea ese milagro que es la vida. ¿Cuánto estamos dispuestos a regalar?
G. F. Degraaff
La inspiración
La inspiración viene y se va. Como se va el tiempo, como se va la vida. La vida es plena de inspiración. La vida es dolor, la vida es alegría. La inspiración es como la vida. Las circunstancias son inspiración. Buscamos las circunstancias, pues, buscamos la vida. Su sentido lo determinamos al buscar la inspiración. Debemos encontrar la inspiración, a través del dolor, a través de la alegría. Pero ¿Cuánta inspiración necesitamos? la suficiente para llenar nuestros vacíos, la necesaria para dar sentido a la vida. Como un ciego a quién el color es fantasía, como la mariposa cual el gris llena la variedad de sus colores. Buscamos eso que nos falta, buscamos la compañía plena de la inspiración en la vida. Me apena saber de personas a quién el plectro los disrimina. Me rodeo de la sangre que busca la sabiduría. ¿Qué importa cuánto camino han recorrido? Lo importante es cuanto camino han de recorrer. Encontrar es divino. Buscar no deja de serlo. Pues buscamos lo divino.
La esmeralda brilla sin saber, que ha nacido para brillar. Los buscadores buscan, sin saber que buscar. Aquí el tiempo gira al compás de dos ojos dulces, que miran y miran, intentando encontrar. Mas deja de buscar, la vida está donde quieres ver, bajo un cajón, en una botella. El camino no ha sido marcado, la vida te lleva por él, puedes decidir si escapar o afrontarlo, si puedes decidirlo. Llena tu vida interior con las botellas mas exquisitas, lame el elixir de los dioses, olvida por qué diablos has nacido. Comienza a soñar.
G. F. Degraaff
La esmeralda brilla sin saber, que ha nacido para brillar. Los buscadores buscan, sin saber que buscar. Aquí el tiempo gira al compás de dos ojos dulces, que miran y miran, intentando encontrar. Mas deja de buscar, la vida está donde quieres ver, bajo un cajón, en una botella. El camino no ha sido marcado, la vida te lleva por él, puedes decidir si escapar o afrontarlo, si puedes decidirlo. Llena tu vida interior con las botellas mas exquisitas, lame el elixir de los dioses, olvida por qué diablos has nacido. Comienza a soñar.
G. F. Degraaff
El viejo astro (dedicado a Damo Suzuki)
La tarde se asomaba lentamente desde el oeste y los pies cotidianos de una estampida de humanos barrían las hojas del otoño que se alejaba. Sentado en mi viejo banco solía posarme a mirar los ojos húmedos de los tristes que ambulaban sobre el pavimento. Pasaban horas hasta la penumbra de la noche. Pensaba en los intrincados cuentos Borgianos y concedía a la mente el placer de elucidar ciertos misterios fugaces. A veces leía el diario, otras mis propios relatos, los cuales me avergonzaban muchas veces. Sentía una infinita delectación sentado allí. Nadie por supuesto, solía acercarse a mirar desde mi perspectiva; aquel ángulo me cedía una imagen plena de la catedral, detrás, el sol menguaba su fulgor y aumentaba su tamaño al perderse lejos en el horizonte. Unos tres árboles con pocas hojas inspiraban la vista de aquel gran horizonte, y yo testigo, en silencio, sólo miraba. Pasaron cuatro años hasta que un caminante se acomodó a mi lado, vestía poco elegante, hedía fuertemente y su voz carraspeaba. Casi logré escuchar su canto. En palabras que iban y venían desde el alemán al inglés, del italiano al francés. Poseído cantaba. Con ojos cerrados y sublime el rostro erguido en dirección al sol. Intentaba entender lo que decía, mas no conseguía interpretar sus palabras. Entonaba bien sin música, la gente pasaba a su lado mas ninguna se detenía a escucharlo. Nadie siquiera lo miraba. Yo un poco avergonzado miraba a mi alrededor en busca de alguna mirada pasajera. Cuando por fin termino de cantar, me miró y sonrío. Su rostro joven, asiático, sonreía con luz propia. Sus ojos con un brillo peculiar me sorprendieron y hasta me extasiaron. Hablaba perfecto varios idiomas. Me explicó que había entonado una canción propia de su autoría, que estaba dedicada al sol. Esto me conmovió mucho. Conocía pocas personas o casi ninguna que sintieran aquel singular amor por el viejo astro de la vida. Supe enseguida que yo era una de ellas y que poco me había importado. Me desplomé sobre el descanso del banco, cambiamos una mirada casi infinita, llena de sentimientos, completa desde el alma. Se levantó suavemente y se retiró sin otro gesto que aquél profundo abrazo de su mirada.
G. F. Degraaff
G. F. Degraaff
Música
Se abarca la totalidad en la duda. Impulsan los juguetes viejos la creación del espacio nuevo donde jugar. Nos juntamos para formar el mar, vertiendo en el aire la fusión natural de nuestras almas. Y de cada rincón el silencio es arrancado como una espina en la piel. Hoy hemos volado. Lejos, entregados a la súbita felicidad de cada momento, anesteciados los cuerpos en la imaginación. Irredenta se eleva en el paisaje único de nuestros ojos. Y conquista en el cielo los sonidos exóticos de la magia entera. Lo digital encierra un reloj escondido, no se permite saltar en el tiempo sin caer fuera de él, además, la sutileza que genera el tacto sensible para la armonía es imprescindible en la continuidad de la atmósfera. La crudeza en cambio, de una distorsión embarrada en la bizarrez alcóholica, sigue el sendero que ante los oídos bifurcan la atención. Los dedos mágicos que sienten la vibración en lo mas profundo del ser amanecen temprano en compañía del cristal de los sabios. Mientras el golpe llena la habitación de los sordos, la conquista reclama su territorio. Hasta aquí la noche parece volverse la invitación a un nuevo sueño. Aquel lejano que una vez perdí en el camino. A veces le decíamos música, otras, ruido.
G. F. Degraff
G. F. Degraff
La magia invisible
Se volvía la maravilla de la gloria. Caminaba bañado en sudor la voz del eminente conferenciante. Mientras se apagaba la tos de un invierno que castigaba las aguas de Poseidón y los ángeles del anuncio. Por las paredes, todo simulaba la atención espectral de los testigos ciegos que sonreían al no ser vistos. Cuando el silencio reinó por fin, el techo parecía hundirse y toda esa gloria se convertía en el soporte de una cruz de bronce.
Llamó el viento las miradas asesinas:-Absolutamente todos los problemas podían ser solucionados efímeramente con inconvenientes mayores. Y la capacidad de sufrir un poco mas, se transforma en la esperanza de los pobres. Si el tiempo consigue dar su vuelta completa, todo marchará sobre las calles oscuras del placer y del olvido, la primera sensación de una libertad inquietante que aniquila el grito salvaje de la sangre, borrará las huellas del camino nuevo. Después de todo sólo son caminos que fugazmente se transforman en nuestros propios agujeros negros. Enmendar hasta reemplazar no asegura el éxito. Obrar sinceramente no asegura la supervivencia. ¿Qué estamos dispuestos a perder?. No pienses en ello, sólo vívelo. La realidad de los sentimientos es inmensa como el horizonte, más la idea de sentimiento no deja de ser en sí misma una pseudovibración interna necesaria. ¿Cuánto estamos dispuestos a amar? En estos tiempos el amor son palabras. Hace tiempo una voz gritaba y rugía, atropellaba la garganta en nombre de un amor mas creíble, mas real. No vuelan ya, ni siquiera en el agua, las épicas súplicas del amor de aquellos "malditos".
Pendía la soledad de un hilo cuando el destino obraba en su esplendor, seguro, lanzado a hacer creer lo que estaba dispuesto a mostrar. Jamás pregunta la lluvia antes de caer, sólo cae, y nos queda mirar como en la ruta las estrellas son tantas. Comiendo la tela de la pantalla, sin explicación sumisa, me entrego ante los ojos del Gran Maestro al que algunos llaman Vida.
G. F. Degraaff
Llamó el viento las miradas asesinas:-Absolutamente todos los problemas podían ser solucionados efímeramente con inconvenientes mayores. Y la capacidad de sufrir un poco mas, se transforma en la esperanza de los pobres. Si el tiempo consigue dar su vuelta completa, todo marchará sobre las calles oscuras del placer y del olvido, la primera sensación de una libertad inquietante que aniquila el grito salvaje de la sangre, borrará las huellas del camino nuevo. Después de todo sólo son caminos que fugazmente se transforman en nuestros propios agujeros negros. Enmendar hasta reemplazar no asegura el éxito. Obrar sinceramente no asegura la supervivencia. ¿Qué estamos dispuestos a perder?. No pienses en ello, sólo vívelo. La realidad de los sentimientos es inmensa como el horizonte, más la idea de sentimiento no deja de ser en sí misma una pseudovibración interna necesaria. ¿Cuánto estamos dispuestos a amar? En estos tiempos el amor son palabras. Hace tiempo una voz gritaba y rugía, atropellaba la garganta en nombre de un amor mas creíble, mas real. No vuelan ya, ni siquiera en el agua, las épicas súplicas del amor de aquellos "malditos".
Pendía la soledad de un hilo cuando el destino obraba en su esplendor, seguro, lanzado a hacer creer lo que estaba dispuesto a mostrar. Jamás pregunta la lluvia antes de caer, sólo cae, y nos queda mirar como en la ruta las estrellas son tantas. Comiendo la tela de la pantalla, sin explicación sumisa, me entrego ante los ojos del Gran Maestro al que algunos llaman Vida.
G. F. Degraaff
Los Antiguos
Crece la historia, camina con el tiempo y las generaciones. Son tantos recuerdos vituperados, verbigracia, el verdadero móvil Nacionalsocialista, los quince poemas a la libertad del Ruso Trovovsky o el mismísimo Necronomicón. Todo alude a pensar que nos resulta mas fácil barrer la basura bajo la alfombra, o esconder las huellas que guían al abismo del conocimiento infinito.
Bien, el relato que a continuación comentaré no declina su suerte arcana y corresponde a la historia no escrita de la historia de la humanidad. Cuando tuve acceso a ella bajo el albur inesperado de un sueño, no logré corroborar su ubicación excata, dado que ningún mapa hace referencia a ella. Por otra parte, intuyo que sugiere una zona cercana a Wadi Hammamat, en el desierto oriental egipcio.
Un pueblo alejado de todas las grandes civilizaciones que antecedieron a Ramsés IV, sumidos en una aldea antigua que no figura en aquel viejo mapa de Amennakhte, víctimas y creadores de su propia destrucción.
Según fui testigo en mi sueño, me vastó conocer las murallas de aquella civilización para entender que nadie podía entrar ni salir de allí. La estructura formaba una gran circunferencia, sin ninguna puerta visible. Algunas escaleras se proyectaban hacia lo alto, invitando a intentar escapar volando o a resignar la vida saltando al lejano piso de piedras. La arena disfrazaba mis intentos de dibujarla. Era sin dudas una especie de cárcel antigua. Aquella civilización extraña contaba con unas trece salas diferentes entre sí, pero de similar tamaño arquitectónico. Cada sala poseía un singular símbolo, uno de ellos me recordó al Imox Maya. Caminé la circunferencia mas nunca llegaba al punto de orígen. Decidí explorar fugazmente aquella sala con aquel reconocido símbolo. Dentro de la antecámara pude ver inmensos volúmenes de libros que me resultaban conocidos. Me acerqué hasta el grueso lomo de un libro que parecía ser La Ilíada, intenté sin éxito quitarlo de su lugar, pues su enorme tamaño pudo más que mis fantasmagóricas manos. conseguí observar algunos títulos que sostenían mi presagio, El sutra del Diamante, El papiro de Derveni, un moderno opúsculo de La Biblia de Ulfilas y una excelente y celosa referencia del Kitab al-jabr wa'l-muqabala. Me resultaba incomprensible hallar estos libros en una ubicación en tiempo y espacio completamente alejados de aquellos considerados originales. Caminé en torno a la sala semioscura en la que me hallaba, las paredes lisas no evidenciaban ningún proceso de constucción por piedras, más bien, eran enormes rocas planas en posición vertical las que sostenían un techo que dudo hubiera estado separado de aquellas gigantes rocas. me perdí unos minutos en la total oscuridad, al decidir regresar ya no había nada detrás mío. Cuando alcancé la salida, o mejor aún cuando la salida me alcanzó corrí para situarme en el centro de aquella circunferencia amurallada. El sol secaba los labios. Insólitos símbolos dibujados en la candente arena atrajeron mi atención. Nadie respiraba a mi alrededor mas sentía la presencia extraña de la fiebre social. Y en el techo de la sala que se podía observar en dirección al este, un anciano señalando con su largo bastón, con voz inquisidora dijo:-Et divaj e´m tinoj, hansé vi`n hammamat sihul a`tsj jire´m. Perplejo quedé mirando al sol. El anciano había desaparecido mientras cerraba mis ojos en la acción involuntaria del pestañeo. Un segundo más tarde estaba parado en las altas rocas, alejado, alrededor de aquellas murallas que contenían el secreto del tiempo. El ruido incesante del trabajo comunitario dejábase oír en la distancia. Provenían de un solo lugar y de muchos a la vez. No recuerdo bien mi regresar al estado ordinario, claramente extasiado todavía podía oir aquel extraño ruido. ¿Quienes eran aquellas almas? ¿Cómo habían conseguido aquellos libros, cuales no fueron escritos sino despúes de cientos de años?. Tomé rápidamente el agua de la canilla del baño, mojé mi cara e intenté relajarme. Si todo estaba escrito antes de ser escrito, si todo culmina volviendo a existir, y lo que aquí haga ahora volverá a pasar en miles de años, aquella circunferencia, posiblemente sea, donde venimos y hacia donde vamos, el punto que contiene todos los puntos.
G. F. Degraaff
Bien, el relato que a continuación comentaré no declina su suerte arcana y corresponde a la historia no escrita de la historia de la humanidad. Cuando tuve acceso a ella bajo el albur inesperado de un sueño, no logré corroborar su ubicación excata, dado que ningún mapa hace referencia a ella. Por otra parte, intuyo que sugiere una zona cercana a Wadi Hammamat, en el desierto oriental egipcio.
Un pueblo alejado de todas las grandes civilizaciones que antecedieron a Ramsés IV, sumidos en una aldea antigua que no figura en aquel viejo mapa de Amennakhte, víctimas y creadores de su propia destrucción.
Según fui testigo en mi sueño, me vastó conocer las murallas de aquella civilización para entender que nadie podía entrar ni salir de allí. La estructura formaba una gran circunferencia, sin ninguna puerta visible. Algunas escaleras se proyectaban hacia lo alto, invitando a intentar escapar volando o a resignar la vida saltando al lejano piso de piedras. La arena disfrazaba mis intentos de dibujarla. Era sin dudas una especie de cárcel antigua. Aquella civilización extraña contaba con unas trece salas diferentes entre sí, pero de similar tamaño arquitectónico. Cada sala poseía un singular símbolo, uno de ellos me recordó al Imox Maya. Caminé la circunferencia mas nunca llegaba al punto de orígen. Decidí explorar fugazmente aquella sala con aquel reconocido símbolo. Dentro de la antecámara pude ver inmensos volúmenes de libros que me resultaban conocidos. Me acerqué hasta el grueso lomo de un libro que parecía ser La Ilíada, intenté sin éxito quitarlo de su lugar, pues su enorme tamaño pudo más que mis fantasmagóricas manos. conseguí observar algunos títulos que sostenían mi presagio, El sutra del Diamante, El papiro de Derveni, un moderno opúsculo de La Biblia de Ulfilas y una excelente y celosa referencia del Kitab al-jabr wa'l-muqabala. Me resultaba incomprensible hallar estos libros en una ubicación en tiempo y espacio completamente alejados de aquellos considerados originales. Caminé en torno a la sala semioscura en la que me hallaba, las paredes lisas no evidenciaban ningún proceso de constucción por piedras, más bien, eran enormes rocas planas en posición vertical las que sostenían un techo que dudo hubiera estado separado de aquellas gigantes rocas. me perdí unos minutos en la total oscuridad, al decidir regresar ya no había nada detrás mío. Cuando alcancé la salida, o mejor aún cuando la salida me alcanzó corrí para situarme en el centro de aquella circunferencia amurallada. El sol secaba los labios. Insólitos símbolos dibujados en la candente arena atrajeron mi atención. Nadie respiraba a mi alrededor mas sentía la presencia extraña de la fiebre social. Y en el techo de la sala que se podía observar en dirección al este, un anciano señalando con su largo bastón, con voz inquisidora dijo:-Et divaj e´m tinoj, hansé vi`n hammamat sihul a`tsj jire´m. Perplejo quedé mirando al sol. El anciano había desaparecido mientras cerraba mis ojos en la acción involuntaria del pestañeo. Un segundo más tarde estaba parado en las altas rocas, alejado, alrededor de aquellas murallas que contenían el secreto del tiempo. El ruido incesante del trabajo comunitario dejábase oír en la distancia. Provenían de un solo lugar y de muchos a la vez. No recuerdo bien mi regresar al estado ordinario, claramente extasiado todavía podía oir aquel extraño ruido. ¿Quienes eran aquellas almas? ¿Cómo habían conseguido aquellos libros, cuales no fueron escritos sino despúes de cientos de años?. Tomé rápidamente el agua de la canilla del baño, mojé mi cara e intenté relajarme. Si todo estaba escrito antes de ser escrito, si todo culmina volviendo a existir, y lo que aquí haga ahora volverá a pasar en miles de años, aquella circunferencia, posiblemente sea, donde venimos y hacia donde vamos, el punto que contiene todos los puntos.
G. F. Degraaff
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