Las lejanas noches frías que compactaban los helados cuerpos de una inocente familia del Norte, fueron la crudeza hecha carne para los testigos de su cruel historia.
Ella era una pobre viuda, de tez blanca, de ojos llanos y nariz pequeña, largas y finas manos cortadas por los quimicos de su trabajo. Un pequeño puesto en una lavanderia del pueblo. Sus honorarios eran migajas que apenas podian solventar el gasto alimenticio de su pequeño hijo. Un muchachito de ocho años de edad, con rostro de buen genio, lleno de picardía y sueños de artista. Un jovencito gentil, tímido y de buen corazón. No asistía al colegio, pues, el presupuesto para su educación era insostenible. Este en cambio había aprendido a leer desde sus seis años y en consecuencia de ello era un amante de la literatura romántica. Poco entendía de números. No entendía la extraña razón de los símbolos algebráicos, no comprendía la función del dinero, pero si entendía que no lo tenían, y en consecuencia, su tan anhelado viaje a Paris aun era prematuramente lejano. Se pasaba el día leyendo, esperando a que su madre regresara para servirle la cena. Una pequeña taza de mate cocido con trozos de pan duro que su madre regateaba en la panadería. Su alegría era inmensa al escuchar la pequeña puerta de chapa que rugía para abrirse al paso de la llegada de su frustrada madre.
Su padre era Marinero, había muerto en uno de sus viajes por el océano ártico. Era un amante cazador de ballenas y osos polares. La mujer había enteradose de la tragedia unos veinte días después. Mientras ella esperaba angustiada la fecha de su regreso, mojando un viejo trapo que le servía como pañuelo, encendiendo velas a los santos protectores de la vida de su hombre. Por aquellos días su pequeño envuelto en fiebre, había contado a su madre la trágica alucinación de la muerte del padre. Alucinacion que veinte días despues se hizo piel. El marinero había dicho a su mujer:
-Aguardame, a mi llegada saldremos de esta inmunda pocilga y nuestro pequeño podrá ir a la escuela, podrá ser un gran científico, llevaras hermosos vestidos y nunca mas la sonrisa desaparecera de tu rostro.
Esto nunca pasó. La mujer vivía con su pequeño hijo en un cuarto de alquiler, en uno de los barrios mas pobres, con paredes tan finas como láminas de cartón y un techo de viejas chapas de plástico con pequeños agujeros que permitían al agua de las lluvias filtrarse hasta el piso de polvo. En las noches de invierno, debían llenar sus cuerpos con todos los abrigos que tenían, que no eran muchos. Muy pocas veces podían darse el lujo de obtener alguna garrafa casi vacía, con la cual calentar por unas horas el angosto espacio de su cuarto.
El pequeño en sus solitarias horas, buscaba entre los enormes cubos de basura, cualquier objeto de valor, cualquier cosa que permitiera crear o inventar algo con que divertirse. Había construido un cortadora de cespéd con el pequeño motor de una licuadora vieja. Tenía un gran talento para utilizar de manera creatriva cualquier elemento con el que muchos hubieran resignado su utilidad.
El miraba el rostro abatido de su madre y no podía sentirse indiferente ante la tristeza que los ojos de la pobre mujer emanaban. El cansancio de cargar con una vida llena de obstaculos, el duro trabajo como madre y como viuda. Viudez que apenas había podido superar, pues aquel marinero era sin dudas, toda su felicidad, su razón de vivir, era la mano de hierro que la tomaba firme cuando ella caía en las agitadas aguas del infierno.
Siempre preguntaba el niño a su madre. -Madre, por qué lloras?. Y ésta, secando sus lágrimas repetía, -No es nada hijo, no es nada.
-Madre, cuando crezca podré encontrar un empleo con el que te haré los obsequios mas lujosos de la ciudad, te llevaré de paseo al centro comercial y compraré para ti todos esos hermosos vestidos que la gente rica usa en sus reuniones.
-Hijo, solo quiero que seas un buen hombre. No importa si somos pobres por siempre. Prométeme que serás un buen hombre.
El niño no comprendía que significaba ser un buen hombre pero asentía. - Lo prometo madre!.
Nota: Este cuento se dividirá en cuatro partes. G. F. Degraaff
He vuelto
He buscado, contraído, la versatilidad de mi derrota, y he sentido el placer de desaprender. Ahora vuelvo, con el calor de un claro mensaje.
El designio del cielo
-Prefiero dormir un poco- Dijo Fiedrich antes de desaparecer a través de las antiguas armonías que brillaban en el torrente de una nube azul. Apareció de golpe, intentando mirar por detrás de las paredes negras de su alrededor, titilaban enfurecidas las luces noctámbulas de una imaginación que yacía inmóvil, oculta en un vacío, oscuro, frío. Mientras el bosque abría sus copas, derramados los ríos, giraban y resplandecían, igual las hojas del jardín de Fiedrich.
Como todos los días, el amo del cielo, el sol, corría por el domo, esquivando el algodón, que estaba por ser cosechado de la pequeña huerta de un jardín real, como el cielo, que obstinaba el pecho, volviendo a reclamar lo suyo.
Entrando en la habitación contigua a la de nuestro soñador, había un mueble, esplendoroso, saludaba amistosamente, la llegada de una nueva luz. La cama invitaba, mejor dicho, ostentaba o quizás persuadía su visita. Habló: dijo que la llegada de la nueva luz no le había permitido dormir, que si prefería, podríamos dormir juntos. Le respondí, que venía de un largo viaje, que debía continuar en él, y me creyó, tranquila, que volvería eternamente a ella. Atravesé el pasillo, saltando tan lejos como podían mis piernas, por encima de blancos picos nevados, y entré por el techo en la habitación de Fiedrich. El mismo sol, que reinaba la dimensión de un tiempo que no se parece al nuestro, asomabase por la cerradura sin llave, (porque la llevaba en su cuello), y se miraba al espejo, narcisismo, arrogancia, detrás de otra puerta.
En la cama, la suave respiración de Fiedrich, que obligaba el sueño, parecía el roce de nubes, cumulares. Debajo de su cama el rojo oro nibelungo, erigía el descanso, varios metros del piso de la delgada habitación, suspendiendo todo, incluso el tiempo.
El amo le habló a Fiedrich al oído, le contó con una sola palabra el verdadero fin del hombre, una palabra que solo recordaría una vez, que nunca mas encontraría significado a ella, que llenó de armonía y paz a Fiedrich, que lo alzó, volátil hasta las estrellas de colores de su apaciguado sueño, que le dio la espada y la pluma, e iluminó las sombras de los vértices del alma. Una palabra inerte pero llena de vida, hasta su asonancia, aquella palabra era perfecta. No existía Dios, que no la conociera, sus letras eran una simple ecuación de entre todas las letras, encerrada por el círculo de la existencia, resonaba en los sentidos. Más antigua que la escritura, tal como clasifican los musulmanes al Corán. Era la palabra, escrita en cada uno de los corazones humanos, esa que tan distante se encuentra, perdida en el mundo interior. Inútil sería la comparación, no podría con precisión ser comparada con ninguna inmortalidad.
Al despertar, Fiedrich, recordó con alegría la palabra divina, con cada letra se regocijaba hasta la plenitud, daba vueltas una y otra vez, su sonrisa, dibujada, olvidada, destellaba su pasión, su amor, infinitos, como el torrente de combinaciones musicales posibles. Alcanzó a ver el porvenir humano, y calló, nadie ha de saber el motivo. Había visto el futuro de la humanidad, quizá horrorizado, quizá estupefacto, infinitas posibilidades de una conjetura abstracta.
Sentía las manos del mismo Buda, estaba completo, era un círculo. Las palabras sirven para clasificar los estados del alma, pero, como saber si el sentimiento de alegría, por ejemplo, es lo mismo en todos y cada uno. El fuego de una palabra divina sin explicación, había tocado el corazón de Fiedrich. No existe palabra, ni ideal, que pueda acercarnos a este sentimiento.
Caminó el aire, el agua, lejos de su habitación, cerca de su alma, se internó días en su imaginación, en su respiración, no pensaba en nada, sólo en la nada, intentando sólo recordar la vieja palabra que una luz le había procurado. Días, noches, Dioses, clamaba con todas sus fuerzas, gemía por dentro la agonía, se deshacía en los colores, se torturaba en los recónditos templos. El Sol en un día nublado, se hizo presente solo a su mirada, débil, como empujada a la soledad, le dijo: Esa palabra que buscas amigo mío, ¡ay! ¡Esa ha desaparecido!, era solo tuya y ahora es del cielo, no bajes la guardia, es parecida al oro que escondes bajo tu cama, consumirá tus días, consumirá tu vida, verás girar relojes de arena y creerás que el tiempo traerá su suerte contigo, ¡ay! Olvídala, piérdela, amigo mío, tienes la esencia de los Dioses en tu recuerdo, y nada ha de ser olvidado en tu alma, olvida ya tu razón, no te pertenece, nada te pertenece, en tus sentidos está la clave, en tu instinto está la llave, nadie conocerá esa palabra mas que tú aunque no la recuerdes, es la ofrenda que te ha sido designada del cielo, es solo tuya y no lo es, que mas da, olvídala ya, nadie ha de olvidarse de ti, vivir en el recuerdo acaso, ¿no es vivir? La vida no solo es esto que tocamos, no es solo esto que imaginamos, buscar fuera del mundo nos pierde, si no vemos el mundo adentro primero. En ese instante, Fiedrich, se confundió entre los rayos del Sol, solo sus huellas habían quedado de él, solo su recuerdo. Tal vez fugó a otro mundo, ¿pero a cual de todos? Solo había quedado su cuerpo postrado en la lejanía de su habitación, y también, de su alma.
G .F. Degraaff
Como todos los días, el amo del cielo, el sol, corría por el domo, esquivando el algodón, que estaba por ser cosechado de la pequeña huerta de un jardín real, como el cielo, que obstinaba el pecho, volviendo a reclamar lo suyo.
Entrando en la habitación contigua a la de nuestro soñador, había un mueble, esplendoroso, saludaba amistosamente, la llegada de una nueva luz. La cama invitaba, mejor dicho, ostentaba o quizás persuadía su visita. Habló: dijo que la llegada de la nueva luz no le había permitido dormir, que si prefería, podríamos dormir juntos. Le respondí, que venía de un largo viaje, que debía continuar en él, y me creyó, tranquila, que volvería eternamente a ella. Atravesé el pasillo, saltando tan lejos como podían mis piernas, por encima de blancos picos nevados, y entré por el techo en la habitación de Fiedrich. El mismo sol, que reinaba la dimensión de un tiempo que no se parece al nuestro, asomabase por la cerradura sin llave, (porque la llevaba en su cuello), y se miraba al espejo, narcisismo, arrogancia, detrás de otra puerta.
En la cama, la suave respiración de Fiedrich, que obligaba el sueño, parecía el roce de nubes, cumulares. Debajo de su cama el rojo oro nibelungo, erigía el descanso, varios metros del piso de la delgada habitación, suspendiendo todo, incluso el tiempo.
El amo le habló a Fiedrich al oído, le contó con una sola palabra el verdadero fin del hombre, una palabra que solo recordaría una vez, que nunca mas encontraría significado a ella, que llenó de armonía y paz a Fiedrich, que lo alzó, volátil hasta las estrellas de colores de su apaciguado sueño, que le dio la espada y la pluma, e iluminó las sombras de los vértices del alma. Una palabra inerte pero llena de vida, hasta su asonancia, aquella palabra era perfecta. No existía Dios, que no la conociera, sus letras eran una simple ecuación de entre todas las letras, encerrada por el círculo de la existencia, resonaba en los sentidos. Más antigua que la escritura, tal como clasifican los musulmanes al Corán. Era la palabra, escrita en cada uno de los corazones humanos, esa que tan distante se encuentra, perdida en el mundo interior. Inútil sería la comparación, no podría con precisión ser comparada con ninguna inmortalidad.
Al despertar, Fiedrich, recordó con alegría la palabra divina, con cada letra se regocijaba hasta la plenitud, daba vueltas una y otra vez, su sonrisa, dibujada, olvidada, destellaba su pasión, su amor, infinitos, como el torrente de combinaciones musicales posibles. Alcanzó a ver el porvenir humano, y calló, nadie ha de saber el motivo. Había visto el futuro de la humanidad, quizá horrorizado, quizá estupefacto, infinitas posibilidades de una conjetura abstracta.
Sentía las manos del mismo Buda, estaba completo, era un círculo. Las palabras sirven para clasificar los estados del alma, pero, como saber si el sentimiento de alegría, por ejemplo, es lo mismo en todos y cada uno. El fuego de una palabra divina sin explicación, había tocado el corazón de Fiedrich. No existe palabra, ni ideal, que pueda acercarnos a este sentimiento.
Caminó el aire, el agua, lejos de su habitación, cerca de su alma, se internó días en su imaginación, en su respiración, no pensaba en nada, sólo en la nada, intentando sólo recordar la vieja palabra que una luz le había procurado. Días, noches, Dioses, clamaba con todas sus fuerzas, gemía por dentro la agonía, se deshacía en los colores, se torturaba en los recónditos templos. El Sol en un día nublado, se hizo presente solo a su mirada, débil, como empujada a la soledad, le dijo: Esa palabra que buscas amigo mío, ¡ay! ¡Esa ha desaparecido!, era solo tuya y ahora es del cielo, no bajes la guardia, es parecida al oro que escondes bajo tu cama, consumirá tus días, consumirá tu vida, verás girar relojes de arena y creerás que el tiempo traerá su suerte contigo, ¡ay! Olvídala, piérdela, amigo mío, tienes la esencia de los Dioses en tu recuerdo, y nada ha de ser olvidado en tu alma, olvida ya tu razón, no te pertenece, nada te pertenece, en tus sentidos está la clave, en tu instinto está la llave, nadie conocerá esa palabra mas que tú aunque no la recuerdes, es la ofrenda que te ha sido designada del cielo, es solo tuya y no lo es, que mas da, olvídala ya, nadie ha de olvidarse de ti, vivir en el recuerdo acaso, ¿no es vivir? La vida no solo es esto que tocamos, no es solo esto que imaginamos, buscar fuera del mundo nos pierde, si no vemos el mundo adentro primero. En ese instante, Fiedrich, se confundió entre los rayos del Sol, solo sus huellas habían quedado de él, solo su recuerdo. Tal vez fugó a otro mundo, ¿pero a cual de todos? Solo había quedado su cuerpo postrado en la lejanía de su habitación, y también, de su alma.
G .F. Degraaff
Los asesinos del hada
Entre lujuriosos pantanos de inocencia yacía una antigua hada de ensueños, era un hada blanca, con ojos de zafiro negro, mirada punzante y manos de cristal que rápidamente se trasformaban en bayonetas de bronce y rubíes. Más antigua que el sol, más brillante que cualquier estrella, tan hermosa como un cielo de esmeraldas en la noche más entera del infinito firmamento, hacia un horizonte aun más infinito.
Una mañana al despertar de su apacible sueño caminó entre gotas de rocío helado para posarse a los pies del valle multicolor que ella misma había soñado. Su mirada se perdía a lo lejos, a los costados del inmenso arco iris que flanqueaba su paso, entre las aves del horizonte, las flores de los jardines de un otoño silencioso. Su mirada estaba mas allá de cualquier conjetura, uno no sería capaz de interpretarla.
Era verdaderamente hermosa, hija del Dios del Cielo, llevaba en su sangre la marca divina de la juventud inmortal, irradiaba con su fuego blanco la armonía de la naturaleza, el equilibrio de las fuerzas, creadora de la paz, y por sobre todo, era humana.
Caminando entre árboles, los de manzanas de oro, se encontró con una hermosa hespéride que lloraba:
- ¿Por qué lloras? Preguntó el hada sonrojándose ante la triste escena. La hespéride solo lloraba inconteniblemente, formaba un mar a sus pies.
-Lloro porque una hermana mía ha muerto, una mas, ya no quedan muchas hespérides que cuiden de los árboles de manzanas de oro. Las personas no vienen porque tienen apetito y desean una manzana, vienen porque están ciegos de ambición y mis manzanas son de oro, entonces, por conseguir una manzana, vienen con sus arcos y sus flechas a matarnos a nosotras que las cuidamos, y pronto habremos de desaparecer, Las leyes divinas nos prohíben abandonar el bosque, por lo cual, no tenemos muchas formas de defendernos, solo debemos permanecer cerca, y cuidarlo. Nosotras las hespérides cuidamos que las manzanas crezcan y logren iluminar el bosque con el brillo de sus manzanas, para cuidar a los viajeros que lo atraviesen, para proteger a todas las criaturas solitarias; y sin manzanas el bosque se oscurece, se vuelve tenebroso, nos envuelve en miedos y penumbras.
El hada escuchaba la elegía de la joven hespéride, aherrojándose a su desolación. En el relato mencionaba que aquellos árboles que quedaran desnudos de manzanas se apagaban y solo el soplo divino podía volverlos a iluminar, mientras tanto, los árboles perdían la esencia biológica y se secaban al cabo de unos días. Contaba también que cada manzana representaba el alma de algún ser vivo, y cuando alguna era arrancada, algún ser viviente abandonaba sus deseos de vivir como por arte de algún hechizo maligno, y moría instantáneamente.
-¿Por lo tanto, si las manzanas de oro del bosque fueran arrancadas todas de sus árboles y no quedaran mas árboles de semejante importancia, quedaría extinta la vida en su totalidad? Preguntó el hada, aún incrédula de la obstinación de las personas ambiciosas.
–Sí. Respondió la dulce hespéride, que lloraba no solo por sus hermanas sino también por todos aquellos seres que habían perdido la vida en manos de gente que desechaban la idea de estarse asesinando a sí mismas.
Yo misma he visto hombres morir al pie del árbol al cual robaban su manzana; arrancaban su manzana y arrancaban de sí mismos su propia alma, otros en cambio, llenaban sus bolsillos y luego se iban, asesinando a quien sabe que ser viviente. La conversación había durado salvajes horas de llanto y desolación, cuando en algún momento del pasado, un hombre oscuro se adentró al bosque y tomando impulso sobre filosas y delgadas líneas energéticas que abundan en el aire, para alcanzar el borde externo de la copa, arrancó de un árbol una brillante manzana, la mas brillante de todas, una manzana que iluminaba a las demás en medio de la oscuridad que acechaba la noche, instantáneamente el hada cayó sin explicación en el lugar en donde se encontraba. Sus ojos luchaban entre el fuego de la vida y el fuego de la muerte, el tiempo había detenido su curso, la hespéride, el hombre, la manzana, el bosque, todo había quedado suspendido en el aire del tiempo gris que controlaba el paisaje visible, como si el alma del hada hubiese hecho explosión en ese preciso instante y todo volviese a nacer, hasta el mismo Universo, hasta el mismo Dios. Rayos cubrieron la noche estrellada, relámpagos de hojas marchitas en el cielo, torbellinos de energías alborotaban el aire, colores, sentimientos, todo formaba parte del aire del bosque, fuego, piedras, silencios. Al amanecer siguiente el hada había muerto y nunca pero nunca más el hombre volvería a ver una manzana de oro, ni una hespéride, jamás volverían a tener la posibilidad de elegir su inmortalidad, habían desdeñado todas sus oportunidades y nunca mas contemplarían una noche iluminada por elegantes copas doradas, el infinito quedaría solo como una idea inalcanzable, sus ojos no comprenderían el daño irreparable que habían causado al curso de su vida, nunca han sido capaces de comprenderlo y creo que nunca lo comprenderán.
G. F. Degraaff
Una mañana al despertar de su apacible sueño caminó entre gotas de rocío helado para posarse a los pies del valle multicolor que ella misma había soñado. Su mirada se perdía a lo lejos, a los costados del inmenso arco iris que flanqueaba su paso, entre las aves del horizonte, las flores de los jardines de un otoño silencioso. Su mirada estaba mas allá de cualquier conjetura, uno no sería capaz de interpretarla.
Era verdaderamente hermosa, hija del Dios del Cielo, llevaba en su sangre la marca divina de la juventud inmortal, irradiaba con su fuego blanco la armonía de la naturaleza, el equilibrio de las fuerzas, creadora de la paz, y por sobre todo, era humana.
Caminando entre árboles, los de manzanas de oro, se encontró con una hermosa hespéride que lloraba:
- ¿Por qué lloras? Preguntó el hada sonrojándose ante la triste escena. La hespéride solo lloraba inconteniblemente, formaba un mar a sus pies.
-Lloro porque una hermana mía ha muerto, una mas, ya no quedan muchas hespérides que cuiden de los árboles de manzanas de oro. Las personas no vienen porque tienen apetito y desean una manzana, vienen porque están ciegos de ambición y mis manzanas son de oro, entonces, por conseguir una manzana, vienen con sus arcos y sus flechas a matarnos a nosotras que las cuidamos, y pronto habremos de desaparecer, Las leyes divinas nos prohíben abandonar el bosque, por lo cual, no tenemos muchas formas de defendernos, solo debemos permanecer cerca, y cuidarlo. Nosotras las hespérides cuidamos que las manzanas crezcan y logren iluminar el bosque con el brillo de sus manzanas, para cuidar a los viajeros que lo atraviesen, para proteger a todas las criaturas solitarias; y sin manzanas el bosque se oscurece, se vuelve tenebroso, nos envuelve en miedos y penumbras.
El hada escuchaba la elegía de la joven hespéride, aherrojándose a su desolación. En el relato mencionaba que aquellos árboles que quedaran desnudos de manzanas se apagaban y solo el soplo divino podía volverlos a iluminar, mientras tanto, los árboles perdían la esencia biológica y se secaban al cabo de unos días. Contaba también que cada manzana representaba el alma de algún ser vivo, y cuando alguna era arrancada, algún ser viviente abandonaba sus deseos de vivir como por arte de algún hechizo maligno, y moría instantáneamente.
-¿Por lo tanto, si las manzanas de oro del bosque fueran arrancadas todas de sus árboles y no quedaran mas árboles de semejante importancia, quedaría extinta la vida en su totalidad? Preguntó el hada, aún incrédula de la obstinación de las personas ambiciosas.
–Sí. Respondió la dulce hespéride, que lloraba no solo por sus hermanas sino también por todos aquellos seres que habían perdido la vida en manos de gente que desechaban la idea de estarse asesinando a sí mismas.
Yo misma he visto hombres morir al pie del árbol al cual robaban su manzana; arrancaban su manzana y arrancaban de sí mismos su propia alma, otros en cambio, llenaban sus bolsillos y luego se iban, asesinando a quien sabe que ser viviente. La conversación había durado salvajes horas de llanto y desolación, cuando en algún momento del pasado, un hombre oscuro se adentró al bosque y tomando impulso sobre filosas y delgadas líneas energéticas que abundan en el aire, para alcanzar el borde externo de la copa, arrancó de un árbol una brillante manzana, la mas brillante de todas, una manzana que iluminaba a las demás en medio de la oscuridad que acechaba la noche, instantáneamente el hada cayó sin explicación en el lugar en donde se encontraba. Sus ojos luchaban entre el fuego de la vida y el fuego de la muerte, el tiempo había detenido su curso, la hespéride, el hombre, la manzana, el bosque, todo había quedado suspendido en el aire del tiempo gris que controlaba el paisaje visible, como si el alma del hada hubiese hecho explosión en ese preciso instante y todo volviese a nacer, hasta el mismo Universo, hasta el mismo Dios. Rayos cubrieron la noche estrellada, relámpagos de hojas marchitas en el cielo, torbellinos de energías alborotaban el aire, colores, sentimientos, todo formaba parte del aire del bosque, fuego, piedras, silencios. Al amanecer siguiente el hada había muerto y nunca pero nunca más el hombre volvería a ver una manzana de oro, ni una hespéride, jamás volverían a tener la posibilidad de elegir su inmortalidad, habían desdeñado todas sus oportunidades y nunca mas contemplarían una noche iluminada por elegantes copas doradas, el infinito quedaría solo como una idea inalcanzable, sus ojos no comprenderían el daño irreparable que habían causado al curso de su vida, nunca han sido capaces de comprenderlo y creo que nunca lo comprenderán.
G. F. Degraaff
El ladrido
Cuentan los antiguos astrólogos que los sucesos que una persona o inclusive el mundo viven, puede ser conocido con antelación mediante el perfecto uso de las herramientas astrológicas y los movimientos planetarios, sumado al ejercicio pleno de la intuición. Ahora bien, si estas valiosas herramientas hubieran sido conocidas y ejercitadas por Julián Quiroga, podríamos afirmar que los horribles acontecimientos que tuvieron lugar en la última noche podrían haberse evitado con tan solo darle una vuelta a la cerradura de su casa.
Se apagaban las luces y se abría la penumbra de una luna llena. En las calles el ruido se había vuelto exilio. Las sábanas blancas de su cama de madera pronto se tornarían la escarlata de su dolor. Había salido para perderse en la inmensidad del campo magno que le facilitaba los ingresos con los cuales vivía. Había vuelto, entrada la tarde al cielo, para buscar el cascabel que contenía la llave de su casa. Durante largas horas recorrió la extensión de los pastizales que apenas alumbrados por su antorcha brillaban a causa del rocío nocturno. Fugazmente el cielo adquirió un brillo inesperado, similar a una aurora; la danza de colores en el firmamento acudió en su ayuda. Iluminó el cascabel que contenía su preciada llave, esgrimiendo el espectro de su metal, le cedió la suerte de encontrarla. Ya muy tarde había perdido la esperanza de encontrarla y poder abrir la puerta de su casa. Exhausto gimió de alegría. Recorrió la prolongación del camino a su hogar. Vertientes de calles conducían a kilómetros de campos sin habitar. Conocía muy bien el camino que evitaría el error. Anduvo bajo la hermosa iluminación de las estrellas del cielo, bajo el baño de luna que teñía sus ojos en matices claros. Salió a su paso un canino negro que comenzó a acompañarlo. El animal lo seguía a un costado, como asustado, gimiendo y mascullando ladridos a su alrededor. Julián no conocía ningún perro por esas zonas que siempre recorría, por lo que la aparición del animal despertó una señal de alerta en su cuerpo. La rigidez impulsada por el nerviosismo cargaba en sus hombros un abominable peso. Tres kilómetros angustiantes de recorrido. Tres kilómetros de temores debilitaban las piernas del afligido campesino. Al llegar a su casa, ahuyentó al animal con una vara de madera y algunas pequeñas piedras. Pues el animal había corroído su tranquilidad y no quería seguir escuchando el ruido del llanto del canino. Una vez marchado el perro, introdujo la llave en la cerradura y giró dos veces. La puerta con peculiar chirrido cedió y dio paso a la claridad de la luna que llevaba en su espalda. Al filtrar la luz, dejó ver el orden del interior de la casa. Todo estaba en perfecto lugar. Al entrar, dejó de lado los zapatos, y con unos pasos cubrió el recorrido hasta el baño. Tomó una ducha de agua tibia y volvió para cerrar la puerta con llave y poder descansar en su alcoba. Al encontrarse frente a la puerta se encontró con una duda; decidió no girar la llave de la puerta. Había decidido súbitamente no poner llave a la puerta nunca mas, de esta manera no debía preocuparse si volvía a perder el cascabel que contenía su llave. Tomó un vaso con agua y se dirigió al mundo onírico.
En el transcurso de la noche, en una cantina alejada del pueblo, una disputa entre dos hombres había dejado el saldo de un muerto y un convicto. El asesino de aquel hombre montó a caballo escapando del lugar del hecho y perdiéndose en la espesura de aquellos caminos que conducían a kilómetros de campos deshabitados. El homicida tomó un camino. Luego de algunos Kilómetros de recorrer a caballo se halló frente a una vieja casa. Asustado por la policía que seguía su rastro se internó en el interior de aquella casa, al parecer deshabitada, sin trabas ni llaves que impidieran el acceso. Las luces de las linternas policíacas se acercaban por el camino. Debía esconderse. Entró en una habitación oscura. En la cama había un hombre durmiendo. Temeroso a que aquel hombre despertara y lo delatara, se acercó hasta él y comenzó a acuchillarlo a sangre fría. En el momento antes de morir, Julián, pudo mirar por el ventanal de su habitación: Allí estaba el perro negro, ladrando y mascullando la muerte que había visto. Uno de los policías escuchó los ladridos del perro y estacionó frente a la casa. Se acercó hasta el umbral y giró el picaporte… y la puerta abrió.
Al abrirla varios policías que estaban con él regresaron para ayudarlo a revisar el interior la casa.
Encontraron al asesino del hombre de la cantina encima de Julián, con el cuchillo en la mano y bañado en sangre. Julián nunca mas cerrará una puerta con llave, y el asesino jamás abrirá una puerta sin ella.
G. F. Degraaff
Se apagaban las luces y se abría la penumbra de una luna llena. En las calles el ruido se había vuelto exilio. Las sábanas blancas de su cama de madera pronto se tornarían la escarlata de su dolor. Había salido para perderse en la inmensidad del campo magno que le facilitaba los ingresos con los cuales vivía. Había vuelto, entrada la tarde al cielo, para buscar el cascabel que contenía la llave de su casa. Durante largas horas recorrió la extensión de los pastizales que apenas alumbrados por su antorcha brillaban a causa del rocío nocturno. Fugazmente el cielo adquirió un brillo inesperado, similar a una aurora; la danza de colores en el firmamento acudió en su ayuda. Iluminó el cascabel que contenía su preciada llave, esgrimiendo el espectro de su metal, le cedió la suerte de encontrarla. Ya muy tarde había perdido la esperanza de encontrarla y poder abrir la puerta de su casa. Exhausto gimió de alegría. Recorrió la prolongación del camino a su hogar. Vertientes de calles conducían a kilómetros de campos sin habitar. Conocía muy bien el camino que evitaría el error. Anduvo bajo la hermosa iluminación de las estrellas del cielo, bajo el baño de luna que teñía sus ojos en matices claros. Salió a su paso un canino negro que comenzó a acompañarlo. El animal lo seguía a un costado, como asustado, gimiendo y mascullando ladridos a su alrededor. Julián no conocía ningún perro por esas zonas que siempre recorría, por lo que la aparición del animal despertó una señal de alerta en su cuerpo. La rigidez impulsada por el nerviosismo cargaba en sus hombros un abominable peso. Tres kilómetros angustiantes de recorrido. Tres kilómetros de temores debilitaban las piernas del afligido campesino. Al llegar a su casa, ahuyentó al animal con una vara de madera y algunas pequeñas piedras. Pues el animal había corroído su tranquilidad y no quería seguir escuchando el ruido del llanto del canino. Una vez marchado el perro, introdujo la llave en la cerradura y giró dos veces. La puerta con peculiar chirrido cedió y dio paso a la claridad de la luna que llevaba en su espalda. Al filtrar la luz, dejó ver el orden del interior de la casa. Todo estaba en perfecto lugar. Al entrar, dejó de lado los zapatos, y con unos pasos cubrió el recorrido hasta el baño. Tomó una ducha de agua tibia y volvió para cerrar la puerta con llave y poder descansar en su alcoba. Al encontrarse frente a la puerta se encontró con una duda; decidió no girar la llave de la puerta. Había decidido súbitamente no poner llave a la puerta nunca mas, de esta manera no debía preocuparse si volvía a perder el cascabel que contenía su llave. Tomó un vaso con agua y se dirigió al mundo onírico.
En el transcurso de la noche, en una cantina alejada del pueblo, una disputa entre dos hombres había dejado el saldo de un muerto y un convicto. El asesino de aquel hombre montó a caballo escapando del lugar del hecho y perdiéndose en la espesura de aquellos caminos que conducían a kilómetros de campos deshabitados. El homicida tomó un camino. Luego de algunos Kilómetros de recorrer a caballo se halló frente a una vieja casa. Asustado por la policía que seguía su rastro se internó en el interior de aquella casa, al parecer deshabitada, sin trabas ni llaves que impidieran el acceso. Las luces de las linternas policíacas se acercaban por el camino. Debía esconderse. Entró en una habitación oscura. En la cama había un hombre durmiendo. Temeroso a que aquel hombre despertara y lo delatara, se acercó hasta él y comenzó a acuchillarlo a sangre fría. En el momento antes de morir, Julián, pudo mirar por el ventanal de su habitación: Allí estaba el perro negro, ladrando y mascullando la muerte que había visto. Uno de los policías escuchó los ladridos del perro y estacionó frente a la casa. Se acercó hasta el umbral y giró el picaporte… y la puerta abrió.
Al abrirla varios policías que estaban con él regresaron para ayudarlo a revisar el interior la casa.
Encontraron al asesino del hombre de la cantina encima de Julián, con el cuchillo en la mano y bañado en sangre. Julián nunca mas cerrará una puerta con llave, y el asesino jamás abrirá una puerta sin ella.
G. F. Degraaff
Roja luz incandescente
Se creían tan grandes como las antiguas estribaciones del horizonte, conjuraban los vientos a su merced y teñían los paisajes de un cálido rojo, penumbras del fuego.
Consumían su voz de una rápida noche, afiebrados en una sola palabra, desnudos hasta sus almas, cautivos de sus brazos y presos de sus miradas.
Paseaban de gota en gota entre las nubes, en lo alto del firmamento, y volvían a caer siempre en sus mantos de arena, una vez el desierto precipitado en la lejanía, llenaban sus bocas de mar infinito.
Batallas y pactos, esplendor sobre un espejo… ataban sus pensamientos, congelaban el destino y se complacían en compañía del silencio, hasta quedar sumisos en la luz del candelabro. Cantaban, reían y soñaban las mas tristes elegías, para despertar y contenerse, para llorarlas juntos, para encontrarse caminando sobre las ruinas de la mentira y sofocarse en sus suspiros, para colgarse de las estrellas.
Se afligían en desencuentro, acudiendo a los dulces recuerdos de paladares sensibles, de gustosos hallazgos sobre sus pieles de seda.
Estremecían sus rostros al chocarse sus tenues hilos de conciencia no compartida, y conjugaban sus dientes al ritmo de sus besos, despertaban vendavales con solo estar de acuerdo.
Sus juegos extraños, con alguna chispa de gracia en sus gestos solían forjar herrajes, aherrojándose sus cuellos, daban vueltas enredados como compartiendo el cuerpo, iban y venían, se perdían en la espesura y volvían a encontrarse. Enemistaban lo trivial, mas bien contemplaban lo bello, como Ariadna ella tejía, redes, para atraparlo en su tiempo, y él caía esclavo de su altruismo para con ella.
Cuando las piedras de sus murallas abatían, estallaban desde el océano como miles de cristales, el polvo cubría todo y el brillo los vestía.
Muchas veces las palabras se volvían armas, filosas heridas tenían, rencores guardados en pequeñas cajas que de ratos abrían, mas siempre se perdonaban como buenos amigos, desataban tormentas y las apaciguaban con el tiempo, pocas veces evitaban alzar la voz para no perder el diálogo.
Estos dos niños, se reían de todos quienes nunca entendieron sus juegos, sus locuras, de quienes nunca compartieron un sueño. Ambos bien sabían que más allá de sus vidas hoy, se encontrarán en destiempo, atemporal sentimiento impreciso en el tiempo, infinito en el tiempo…
Sabían que se tenían y les gustaba jugar con fuego.
G. F. Degraaff
Consumían su voz de una rápida noche, afiebrados en una sola palabra, desnudos hasta sus almas, cautivos de sus brazos y presos de sus miradas.
Paseaban de gota en gota entre las nubes, en lo alto del firmamento, y volvían a caer siempre en sus mantos de arena, una vez el desierto precipitado en la lejanía, llenaban sus bocas de mar infinito.
Batallas y pactos, esplendor sobre un espejo… ataban sus pensamientos, congelaban el destino y se complacían en compañía del silencio, hasta quedar sumisos en la luz del candelabro. Cantaban, reían y soñaban las mas tristes elegías, para despertar y contenerse, para llorarlas juntos, para encontrarse caminando sobre las ruinas de la mentira y sofocarse en sus suspiros, para colgarse de las estrellas.
Se afligían en desencuentro, acudiendo a los dulces recuerdos de paladares sensibles, de gustosos hallazgos sobre sus pieles de seda.
Estremecían sus rostros al chocarse sus tenues hilos de conciencia no compartida, y conjugaban sus dientes al ritmo de sus besos, despertaban vendavales con solo estar de acuerdo.
Sus juegos extraños, con alguna chispa de gracia en sus gestos solían forjar herrajes, aherrojándose sus cuellos, daban vueltas enredados como compartiendo el cuerpo, iban y venían, se perdían en la espesura y volvían a encontrarse. Enemistaban lo trivial, mas bien contemplaban lo bello, como Ariadna ella tejía, redes, para atraparlo en su tiempo, y él caía esclavo de su altruismo para con ella.
Cuando las piedras de sus murallas abatían, estallaban desde el océano como miles de cristales, el polvo cubría todo y el brillo los vestía.
Muchas veces las palabras se volvían armas, filosas heridas tenían, rencores guardados en pequeñas cajas que de ratos abrían, mas siempre se perdonaban como buenos amigos, desataban tormentas y las apaciguaban con el tiempo, pocas veces evitaban alzar la voz para no perder el diálogo.
Estos dos niños, se reían de todos quienes nunca entendieron sus juegos, sus locuras, de quienes nunca compartieron un sueño. Ambos bien sabían que más allá de sus vidas hoy, se encontrarán en destiempo, atemporal sentimiento impreciso en el tiempo, infinito en el tiempo…
Sabían que se tenían y les gustaba jugar con fuego.
G. F. Degraaff
Relato de quien ha partido a tiempo
Después de todo era un día normal. Mi cuerpo yacía en la cama inmóvil, ajeno al mundo. No eran más de las siete, como de costumbre amanecía temprano, calentaba mi café y desayunaba sentado frente al gran ventanal que daba a la parte trasera de mi jardín. Mientras desayunaba, escuchaba los informes matinales en la radio, a veces me disponía a leer el periódico, y otras tantas bebía mi café en silencio. Era hermoso escuchar el silencio matutino, las aves con sus cantos me envolvían en armonías esperanzadas, me enseñaban a cantar, la brisa traía consigo miles de secretos, hasta el rocío parecía querer hablarme palabras inaudibles, como gestos invisibles para aquellas mentes ocupadas en la rutinaria contienda social.
Miraba la cama y no podía dejar de mirarme, miles de preguntas aun no habían sido respondidas. En el aire el estupor era fuerte, espeso, pero esto no me molestaba. La habitación parecía haberse encogido, las paredes formaban un cubo por el que trepaba y daba vueltas sostenido por una de mis manos.
Otra vez la cafetera comenzaba a silbar, ese silbido anunciaba el hervor del agua, anunciaba el fin del fuego y volvía a tomar mi lugar frente al ventanal, me sentaba y observaba mi jardín nuevamente, esperando encontrar algún detalle que hubiera pasado por alto. La caldera, apagada, embarraba el ambiente con un fuerte olor a cenizas de leña y carbón. Me dispuse a encenderla, pero todos mis intentos fueron en vano, y me miraba, y me observaba nuevamente en la cama sin poder moverme. El vaho en la habitación era evidente, aunque no lo veía sabía que estaba presente debido al frío en el interior de la casa; esto no era ningún inconveniente para mí, no sufría del frío y mis abrigos no eran muchos. Me pasaba todo el día mirando por el ventanal, tomando café y comiendo algunas galletas húmedas que nunca se terminaban. Cierta noche en que el sueño se hizo presente, cerré mis ojos y me pareció encontrarme en un sueño, seguramente un recuerdo. Yo estaba en él mucho antes de acostarme en mi cama a intentar dormir. Caminaba sobre un frío camino, traspasaba el interior del bosque caminando con una gran hacha en una de mis manos, luego veía un gran árbol con la copa sobre el suelo nevado, y me disponía a talarlo para conseguir leña. Mi trabajo se vio interrumpido de manera violenta, pues dos grandes lobos me acechaban de cerca, me olían, ellos no sabían que yo me percataba de su presencia, disimulaba. Seguí trozando el tronco que yacía sobre el suelo, esperando un milagro que hiciera despertar la compasión de aquellos lobos. Iluso de mi parte; al acercarse uno de ellos a unos metros de mí, preparado para atacarme, solté un gran golpe con mi hacha, acertando justo sobre la frente del canino. Este cayó de inmediato. Lamentablemente no hice a tiempo de tomar mi hacha nuevamente cuando comencé a defenderme del segundo animal, quien dio un salto atacándome sobre el cuello; mis defensas físicas se vieron superadas por la destreza y la fuerza de mi agresor, y como pude tomé mi cuchillo de una de mis botas y lo incrusté en sus costillas.
El camino de vuelta a casa fue de lo más difícil, con una gran herida en el cuello y grandes pérdidas de sangre, sabia que debía llegar lo antes posible. Sin hacha ni leña, tambaleando, usando los árboles como sustento y el piso de apoyo.
Al llegar vendé mi cuello, y me acosté sobre la cama. Me sentía débil, había perdido mucha sangre y enseguida quedé postrado inmóvil sobre la cama. Al levantar mi vista mi cuerpo seguía inmóvil, sin señales de reacción, con una venda en el cuello y los ojos bien cerrados.
Al terminar mi taza de café, volví a mirar por el ventanal. Había salido el sol y la nieve de alrededor convertido en agua. Las flores impregnaban el aroma del aire, el bosque simulaba ser inofensivo, entonces decidí salir a dar un paseo. Mientras tomaba altura y me elevaba tan alto como las montañas me observaba desde el lado inverso del ventanal, acostado sobre la cama, inmóvil. Yacía hace unas semanas.
G. F. Degraaff
Miraba la cama y no podía dejar de mirarme, miles de preguntas aun no habían sido respondidas. En el aire el estupor era fuerte, espeso, pero esto no me molestaba. La habitación parecía haberse encogido, las paredes formaban un cubo por el que trepaba y daba vueltas sostenido por una de mis manos.
Otra vez la cafetera comenzaba a silbar, ese silbido anunciaba el hervor del agua, anunciaba el fin del fuego y volvía a tomar mi lugar frente al ventanal, me sentaba y observaba mi jardín nuevamente, esperando encontrar algún detalle que hubiera pasado por alto. La caldera, apagada, embarraba el ambiente con un fuerte olor a cenizas de leña y carbón. Me dispuse a encenderla, pero todos mis intentos fueron en vano, y me miraba, y me observaba nuevamente en la cama sin poder moverme. El vaho en la habitación era evidente, aunque no lo veía sabía que estaba presente debido al frío en el interior de la casa; esto no era ningún inconveniente para mí, no sufría del frío y mis abrigos no eran muchos. Me pasaba todo el día mirando por el ventanal, tomando café y comiendo algunas galletas húmedas que nunca se terminaban. Cierta noche en que el sueño se hizo presente, cerré mis ojos y me pareció encontrarme en un sueño, seguramente un recuerdo. Yo estaba en él mucho antes de acostarme en mi cama a intentar dormir. Caminaba sobre un frío camino, traspasaba el interior del bosque caminando con una gran hacha en una de mis manos, luego veía un gran árbol con la copa sobre el suelo nevado, y me disponía a talarlo para conseguir leña. Mi trabajo se vio interrumpido de manera violenta, pues dos grandes lobos me acechaban de cerca, me olían, ellos no sabían que yo me percataba de su presencia, disimulaba. Seguí trozando el tronco que yacía sobre el suelo, esperando un milagro que hiciera despertar la compasión de aquellos lobos. Iluso de mi parte; al acercarse uno de ellos a unos metros de mí, preparado para atacarme, solté un gran golpe con mi hacha, acertando justo sobre la frente del canino. Este cayó de inmediato. Lamentablemente no hice a tiempo de tomar mi hacha nuevamente cuando comencé a defenderme del segundo animal, quien dio un salto atacándome sobre el cuello; mis defensas físicas se vieron superadas por la destreza y la fuerza de mi agresor, y como pude tomé mi cuchillo de una de mis botas y lo incrusté en sus costillas.
El camino de vuelta a casa fue de lo más difícil, con una gran herida en el cuello y grandes pérdidas de sangre, sabia que debía llegar lo antes posible. Sin hacha ni leña, tambaleando, usando los árboles como sustento y el piso de apoyo.
Al llegar vendé mi cuello, y me acosté sobre la cama. Me sentía débil, había perdido mucha sangre y enseguida quedé postrado inmóvil sobre la cama. Al levantar mi vista mi cuerpo seguía inmóvil, sin señales de reacción, con una venda en el cuello y los ojos bien cerrados.
Al terminar mi taza de café, volví a mirar por el ventanal. Había salido el sol y la nieve de alrededor convertido en agua. Las flores impregnaban el aroma del aire, el bosque simulaba ser inofensivo, entonces decidí salir a dar un paseo. Mientras tomaba altura y me elevaba tan alto como las montañas me observaba desde el lado inverso del ventanal, acostado sobre la cama, inmóvil. Yacía hace unas semanas.
G. F. Degraaff
La convicción de un Dios
“…Quiero atravesar la puerta de tu alma, y conocer tus secretos más intensos. Quebrar el silencio de nuestra existencia, absorber tu vida en la mía. Quiero el trofeo único de tus ojos, ser tu razón mas pura. Quiero quitar de tu vida a quien intenta quitarme la mía, y comprender los motivos de tu sonrisa, que perturba a mi corazón con miedos.
Respirar el mismo aire y compartir los mismos sueños, ser el canal por donde abras las puertas de lo desconocido y volverme cielo para ti, mi estrella. Intento mirar a través de las penumbras que nos separan, mas las nubes que nos ciegan no pueden ser abatidas. Yo estiro y alcanzo la mitad del recorrido, tú debes hacer lo mismo para mirarme y sentir lo mismo. Después de todo quizá sea el Diablo quien nos reúna, pero que mas da… él sabe que mi alma es tuya…”
Con estas líneas se separó de su vida. Dejó el continente en busca del antídoto contra una extraña enfermedad del alma. Recorrió las tierras lejanas de sus orígenes, hizo el camino de los guerreros para alcanzar la sabiduría de los magos y nunca supo como quitar de su mente las horribles figuras que embestían su corazón. Esperanzado por encontrar la magia que lo librara de su hechizo conoció las puertas del otro mundo.
Vivió la suerte del profeta, vivió el encanto de los símbolos, vivió como el agua exenta de la forma, pero no logró construir su propio imperio. Siempre culpó a los hombres de su desgracia. A todas las cualidades humanas de las que él mismo era víctima. Luchó contra la hechicería del heredero de la sangre y consiguió lo que los dioses anhelan.
Cada paso, el resplandor de una fotografía que se hacía mas vieja, que se borraba como la arena, que desaparecía como el viento, lo acompañaba como amuleto.
Extrañaba su tierra, más bien extrañaba a su amada, quien era la reina de un reino sin rey. Quien miraba su cara en un espejo y cerraba sus ojos. Quien poseía la fuerza de los hombres y el orgullo de los ignorantes. Quien volaba siempre en su dimensión oculta y escondía los secretos de una pluma gastada con la cual escribía su historia.
En tierras desconocidas un sabio le contó su vida… era el cruel reflejo de su propia historia. Era el umbral que no se animaba a atravesar. Este extraño anciano le facilitó las piedras del olvido, las que le habrían de hacer olvidar todo aquello por lo que había vivido. Lo llevarían a la amnesia sin fin. Le otorgarían la fuerza de los felices del infierno.
Día y noche cargó con semejante poder en su espalda, esperando el momento de usarlo. Fogata tras fogata, sus noches se volvieron una larga suplica a las fuerzas omniscientes del cosmos. Meditaciones llevadas al vacío no pudieron lo que las piedras hubiesen logrado. Día y noche ya, su ruego era mas solemne, no lograba contener el aliento. Cierta noche detuvo su andanza y juntó las suficientes ramas para una gran fogata. Una vez encendido, el fuego era una cruel invitación al sueño eterno, a la amnesia, o quizá desaparición de la mente. Estaba sentado de piernas cruzadas y entre los sonidos nocturnos escuchó el grito lejano de la tentación de poder. Comprendía bien que el poder lo anhelaban los débiles.
Sacó las piedras de la bolsa que la contenían y las miró, casi contemplándolas, las miró. Sus recuerdos emergieron en su rescate. Lo tomaron por debajo de los brazos y alzaron en su vuelo al cuerpo estrecho, desvanecido, que contenía semejante poder. La lucha desigual la forjó la fuerza del destino. No pudo hacer nada. Y explotó. Ni Dios supo por qué. Quizá cansado de andar y mirar que nada podía hacerse por ese pedazo de vida, con el afán de sentirse orgullosamente honrado de la intensidad que había logrado. Miró a un costado y supo ser feliz, sin preocuparse por aquel destino.
Aquel guerrero recordó que no había nunca usado las piedras de poder que los sabios le habían otorgado. Se alzó a si mismo y continuó buscando el sueño por el que había llegado hasta allí. Débil, muy débil siguió su camino, disuadiendo al oscuro poder del olvido, hendiendo las grietas que surgen en cada camino, esos que llevan a lo mismo, miró las estrellas y recordó porque estaba vivo.
G. F. Degraaff
Respirar el mismo aire y compartir los mismos sueños, ser el canal por donde abras las puertas de lo desconocido y volverme cielo para ti, mi estrella. Intento mirar a través de las penumbras que nos separan, mas las nubes que nos ciegan no pueden ser abatidas. Yo estiro y alcanzo la mitad del recorrido, tú debes hacer lo mismo para mirarme y sentir lo mismo. Después de todo quizá sea el Diablo quien nos reúna, pero que mas da… él sabe que mi alma es tuya…”
Con estas líneas se separó de su vida. Dejó el continente en busca del antídoto contra una extraña enfermedad del alma. Recorrió las tierras lejanas de sus orígenes, hizo el camino de los guerreros para alcanzar la sabiduría de los magos y nunca supo como quitar de su mente las horribles figuras que embestían su corazón. Esperanzado por encontrar la magia que lo librara de su hechizo conoció las puertas del otro mundo.
Vivió la suerte del profeta, vivió el encanto de los símbolos, vivió como el agua exenta de la forma, pero no logró construir su propio imperio. Siempre culpó a los hombres de su desgracia. A todas las cualidades humanas de las que él mismo era víctima. Luchó contra la hechicería del heredero de la sangre y consiguió lo que los dioses anhelan.
Cada paso, el resplandor de una fotografía que se hacía mas vieja, que se borraba como la arena, que desaparecía como el viento, lo acompañaba como amuleto.
Extrañaba su tierra, más bien extrañaba a su amada, quien era la reina de un reino sin rey. Quien miraba su cara en un espejo y cerraba sus ojos. Quien poseía la fuerza de los hombres y el orgullo de los ignorantes. Quien volaba siempre en su dimensión oculta y escondía los secretos de una pluma gastada con la cual escribía su historia.
En tierras desconocidas un sabio le contó su vida… era el cruel reflejo de su propia historia. Era el umbral que no se animaba a atravesar. Este extraño anciano le facilitó las piedras del olvido, las que le habrían de hacer olvidar todo aquello por lo que había vivido. Lo llevarían a la amnesia sin fin. Le otorgarían la fuerza de los felices del infierno.
Día y noche cargó con semejante poder en su espalda, esperando el momento de usarlo. Fogata tras fogata, sus noches se volvieron una larga suplica a las fuerzas omniscientes del cosmos. Meditaciones llevadas al vacío no pudieron lo que las piedras hubiesen logrado. Día y noche ya, su ruego era mas solemne, no lograba contener el aliento. Cierta noche detuvo su andanza y juntó las suficientes ramas para una gran fogata. Una vez encendido, el fuego era una cruel invitación al sueño eterno, a la amnesia, o quizá desaparición de la mente. Estaba sentado de piernas cruzadas y entre los sonidos nocturnos escuchó el grito lejano de la tentación de poder. Comprendía bien que el poder lo anhelaban los débiles.
Sacó las piedras de la bolsa que la contenían y las miró, casi contemplándolas, las miró. Sus recuerdos emergieron en su rescate. Lo tomaron por debajo de los brazos y alzaron en su vuelo al cuerpo estrecho, desvanecido, que contenía semejante poder. La lucha desigual la forjó la fuerza del destino. No pudo hacer nada. Y explotó. Ni Dios supo por qué. Quizá cansado de andar y mirar que nada podía hacerse por ese pedazo de vida, con el afán de sentirse orgullosamente honrado de la intensidad que había logrado. Miró a un costado y supo ser feliz, sin preocuparse por aquel destino.
Aquel guerrero recordó que no había nunca usado las piedras de poder que los sabios le habían otorgado. Se alzó a si mismo y continuó buscando el sueño por el que había llegado hasta allí. Débil, muy débil siguió su camino, disuadiendo al oscuro poder del olvido, hendiendo las grietas que surgen en cada camino, esos que llevan a lo mismo, miró las estrellas y recordó porque estaba vivo.
G. F. Degraaff
Pinceladas de oscuridad
Las voces rechinan un suplicio casi infantil, el viento frío, húmedo, sopla meciendo la copa del viejo árbol del jardín, a pesar de ello la tranquilidad hendiendo la atmósfera de lo mundano apacigua el canto de las aves que se posan sobre sus ramas.
Camino a la puerta trasera de la casa se forman hileras de hojas que caen sobre el rocío de la noche, todo es tan sutil, nada parece mutar, solo el tiempo quien perturba con su incesante movimiento y lleva el ritmo de mil cascabeles, logra disuadir el mecer del viejo árbol.
El artista entonces, toma su pincel y se alza en un vuelo innato, como el colibrí, se mantiene suspendido sobre las nubes de aire y contempla el hermoso valle de flores a su alrededor, mas no hay flores para este artista, su visión se encuentra obstruida de la realidad ajena, sus manos llevan la impronta del sacrilegio humano y gira alrededor de sosegadas angustias que reaparecen con las ventosas noches del otoño.
El pueblo lo desconoce, sus amigos fueron desde siempre las tristes vacilaciones de su vida, su arte, silencioso y volátil, parece haber sido creado por lágrimas de colores que buscan lo inalcanzable. En las noches, donde encuentra su anhelada tranquilidad, despliega sus sentimientos mas profundos, se sienta frente a su viejo árbol y destella pinceladas con aromas de antaño; es realmente hermoso y digno de una fiel observación en sus movimientos, aquel artista en su máxima expresión refleja, siempre acompañado de la oscuridad que lo rodea y abraza su velo, el solemne espíritu de la fantasía, de lo ilusorio, de la magia que brota desde aquel despertar de emociones que solo el artista muy bien conoce.
El amanecer lo entristece. El cándido rayo de luz ámbar que nace desde oriente desvirtúa su arte, lo llena de nostalgia y lo hunde en lo profundo de su océano. Con la luz comienza la labor diaria, los ruidos de la contienda social lo enmudece con su necedad, y su semblante, por las noches sublime, parece expiar con las horas del sol.
El artista duerme entonces. Cierra sus ojos y galopa por donde quizá sea su irredento paisaje, donde su mocedad intrépida encuentre su gaya ciencia, donde este huraño diurno acompañe con todos sus sentidos el camino de su existencia, a la búsqueda de sí mismo, que obviamente se encuentra más allá de lo interpretable.
El crepúsculo lo inmerge en su armadura, este guerrero del cenit regresa nuevamente a la oscuridad de la noche, aquella que lo enciende y abraza con su cálido aroma, vuelve a tomar su pincel, toma su lugar habitual y tras sus lágrimas comienza a plasmar sobre la tela de su atril las sombras que lo atormentan. Una vez más cubre su rostro de inocencia y tiene el poder de tomar los colores sobre la palma de su mano, de manearlos lejos de la superficialidad. Este convicto pasajero de la tristeza, que parece resucitar con cada trazo mira su pincel, su atril, su alrededor y no logra evitar que las lágrimas escapen de sus ojos y eleve su vista al cielo, tratando de olvidar todo aquello que ha aprendido, frente a su viejo árbol, comenzando cada noche a soñar.
G. F. Degraaff
Camino a la puerta trasera de la casa se forman hileras de hojas que caen sobre el rocío de la noche, todo es tan sutil, nada parece mutar, solo el tiempo quien perturba con su incesante movimiento y lleva el ritmo de mil cascabeles, logra disuadir el mecer del viejo árbol.
El artista entonces, toma su pincel y se alza en un vuelo innato, como el colibrí, se mantiene suspendido sobre las nubes de aire y contempla el hermoso valle de flores a su alrededor, mas no hay flores para este artista, su visión se encuentra obstruida de la realidad ajena, sus manos llevan la impronta del sacrilegio humano y gira alrededor de sosegadas angustias que reaparecen con las ventosas noches del otoño.
El pueblo lo desconoce, sus amigos fueron desde siempre las tristes vacilaciones de su vida, su arte, silencioso y volátil, parece haber sido creado por lágrimas de colores que buscan lo inalcanzable. En las noches, donde encuentra su anhelada tranquilidad, despliega sus sentimientos mas profundos, se sienta frente a su viejo árbol y destella pinceladas con aromas de antaño; es realmente hermoso y digno de una fiel observación en sus movimientos, aquel artista en su máxima expresión refleja, siempre acompañado de la oscuridad que lo rodea y abraza su velo, el solemne espíritu de la fantasía, de lo ilusorio, de la magia que brota desde aquel despertar de emociones que solo el artista muy bien conoce.
El amanecer lo entristece. El cándido rayo de luz ámbar que nace desde oriente desvirtúa su arte, lo llena de nostalgia y lo hunde en lo profundo de su océano. Con la luz comienza la labor diaria, los ruidos de la contienda social lo enmudece con su necedad, y su semblante, por las noches sublime, parece expiar con las horas del sol.
El artista duerme entonces. Cierra sus ojos y galopa por donde quizá sea su irredento paisaje, donde su mocedad intrépida encuentre su gaya ciencia, donde este huraño diurno acompañe con todos sus sentidos el camino de su existencia, a la búsqueda de sí mismo, que obviamente se encuentra más allá de lo interpretable.
El crepúsculo lo inmerge en su armadura, este guerrero del cenit regresa nuevamente a la oscuridad de la noche, aquella que lo enciende y abraza con su cálido aroma, vuelve a tomar su pincel, toma su lugar habitual y tras sus lágrimas comienza a plasmar sobre la tela de su atril las sombras que lo atormentan. Una vez más cubre su rostro de inocencia y tiene el poder de tomar los colores sobre la palma de su mano, de manearlos lejos de la superficialidad. Este convicto pasajero de la tristeza, que parece resucitar con cada trazo mira su pincel, su atril, su alrededor y no logra evitar que las lágrimas escapen de sus ojos y eleve su vista al cielo, tratando de olvidar todo aquello que ha aprendido, frente a su viejo árbol, comenzando cada noche a soñar.
G. F. Degraaff
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