He vuelto

He buscado, contraído, la versatilidad de mi derrota, y he sentido el placer de desaprender. Ahora vuelvo, con el calor de un claro mensaje.

65 años

Desperté con la misma angustia con que cerré mis ojos para dormir. Como si el tiempo no hubiera girado, como si en un segundo volara el infinito a la misma escena. Yacía mirando el techo, con la desazón que reptaba mi cuerpo, buscaba en vano el pensamiento no lineal de mi costumbre. El terror de mi existencia manifestado en una constante dentro de mi sensaciones y de mi mente. No correspondía explicación que amortiguara mi desorden. Con algunas fuerzas me levanté, no sin mirar a mi alrededor y ver un extraño brillo en cada objeto. Ya no era mi habitación. Era de las mil almas que habían pasado por ella. Cada rincón escondía partes de alguna vieja historia. Ajena a mi sensación aflictiva, la habitación me encerraba. Imaginaba mil y una vez situaciones donde la fuerza de mi angustia crecía. El control lo había perdido al enterarme yo de algo que encendió la mecha. Hasta explotar no pararía. Tembloroso, al salir de la habitación, bebía mi taza de leche caliente. Mientras fuerzas ajenas libraban la batalla que yo había dado por finalizada. El frío golpeaba mis dedos al abrir la puerta. Una súbita explosión me dijo: -¡Ya está!. Había perdido mi angustia. Al pensar en ella con melancolía, regresó. Caminé y como de costumbre encendí un cigarro. El cielo mostraba una cerrazón incierta y mis pasos hasta mi destino consumieron velozmente a mi humeante compañero. ¿Cuándo terminará todo esto? pensaba. Las gotas como presagio comenzaron a caer. Recién empieza escuché decirme. Todas las mañanas miles de rostros. Miles de vidas, de problemas, de esperanzas, de vulgaridades y fantasías, de penas y monedas, mezclados con la penuria de sinceridad. La velocidad es compañera del dolor. Cuando uno está alegre desea que el tiempo circule despacio. Bajé del tren dispuesto a ocultarme bajo el techo de la estación. Opté por saltar las barreras, aunque tenía mi boleto. Eso me daría fuerzas para seguir. Pero una vez escapado hacia la salida, la fuerza se desvaneció como arena. Y así comenzaba otro día. -El frío no golpea a las palomas. Dije, aunque nadie escuchó. Mientras miraba una bella paloma caminar entre charcos de agua helada al cordón de una vieja calle y miles de piernas cruzaban peligrosamente sobre su cabeza. Será necesario un baño de agua fría para calmar esta angustia. Caminé unas cuadras hasta la puerta de mi cárcel diaria. Debía cumplir quien sabe que condena, sólo por ser parte de la sociedad. Allí, los mismos rostros de todos los días, aquellos que uno desconoce familiarmente. Y yo con mi angustia entro, preparo mis objetos de trabajo y guardo un rato mi vida junto a mis cosas en un casillero de metal. La angustia me acompaña hasta el final del día, y yo pregunto ¿Cuándo terminará todo esto? y como presagio suena la voz del despertador, y escucho decir: -Esto recién empieza.

G. F. Degraaff

6:58 AM

profetizo la magia de mi ser. Nada puedo hacer contra ello. La arrogancia parece temblar al terminar. Lo mío. Lo propio. Cada parte nace de sí mismo. Eso es lo que parecemos creer. La superficie siempre tiene las mejores rocas. Son perfectas en sí mismo. ¡Si alguien conoce un ser completo en sí mismo sin la fantasía de sus propios colores, por favor avise! Creo que pocos o incluso, me atrevo a decir que nadie, posee la magia en sí mismo, sin otorgar el sello de divinidad en los demás. Los dioses creen que todo es perfecto en su punto de vista. ¿Creemos esa historia?.
Corremos senderos, eso es claro, en realidad sin poder elegir. La vida elige por nosotros. ¿Escape?. No lo creo, cuando es uno mismo quien hace un nudo a todo el circo, las manadas comienzan a pensar en sus propios privilegios. Entonces sólo quedas en el abismo cruel de tus propios caminos. Lames las botas de quien ha hecho algo por ti. Cuando todo es incierto. ¿Por qué sublivarnos a la vida en su esplendor?. Es cuando vemos mas claro. Cuando una dificultad está próxima. Cuando estamos entre la espada y la pared, es cuando lo mejor que hay en tí irredento exclama!:- Vuela, ¡sólo vuela!.
He visto la salida de este laberinto, sólo unas pocas luces lo marcan, ¿Cuánto estamos dispuestos a regalar? Aunque sea ese milagro que es la vida. ¿Cuánto estamos dispuestos a regalar?

G. F. Degraaff

La inspiración

La inspiración viene y se va. Como se va el tiempo, como se va la vida. La vida es plena de inspiración. La vida es dolor, la vida es alegría. La inspiración es como la vida. Las circunstancias son inspiración. Buscamos las circunstancias, pues, buscamos la vida. Su sentido lo determinamos al buscar la inspiración. Debemos encontrar la inspiración, a través del dolor, a través de la alegría. Pero ¿Cuánta inspiración necesitamos? la suficiente para llenar nuestros vacíos, la necesaria para dar sentido a la vida. Como un ciego a quién el color es fantasía, como la mariposa cual el gris llena la variedad de sus colores. Buscamos eso que nos falta, buscamos la compañía plena de la inspiración en la vida. Me apena saber de personas a quién el plectro los disrimina. Me rodeo de la sangre que busca la sabiduría. ¿Qué importa cuánto camino han recorrido? Lo importante es cuanto camino han de recorrer. Encontrar es divino. Buscar no deja de serlo. Pues buscamos lo divino.
La esmeralda brilla sin saber, que ha nacido para brillar. Los buscadores buscan, sin saber que buscar. Aquí el tiempo gira al compás de dos ojos dulces, que miran y miran, intentando encontrar. Mas deja de buscar, la vida está donde quieres ver, bajo un cajón, en una botella. El camino no ha sido marcado, la vida te lleva por él, puedes decidir si escapar o afrontarlo, si puedes decidirlo. Llena tu vida interior con las botellas mas exquisitas, lame el elixir de los dioses, olvida por qué diablos has nacido. Comienza a soñar.

G. F. Degraaff

El viejo astro (dedicado a Damo Suzuki)

La tarde se asomaba lentamente desde el oeste y los pies cotidianos de una estampida de humanos barrían las hojas del otoño que se alejaba. Sentado en mi viejo banco solía posarme a mirar los ojos húmedos de los tristes que ambulaban sobre el pavimento. Pasaban horas hasta la penumbra de la noche. Pensaba en los intrincados cuentos Borgianos y concedía a la mente el placer de elucidar ciertos misterios fugaces. A veces leía el diario, otras mis propios relatos, los cuales me avergonzaban muchas veces. Sentía una infinita delectación sentado allí. Nadie por supuesto, solía acercarse a mirar desde mi perspectiva; aquel ángulo me cedía una imagen plena de la catedral, detrás, el sol menguaba su fulgor y aumentaba su tamaño al perderse lejos en el horizonte. Unos tres árboles con pocas hojas inspiraban la vista de aquel gran horizonte, y yo testigo, en silencio, sólo miraba. Pasaron cuatro años hasta que un caminante se acomodó a mi lado, vestía poco elegante, hedía fuertemente y su voz carraspeaba. Casi logré escuchar su canto. En palabras que iban y venían desde el alemán al inglés, del italiano al francés. Poseído cantaba. Con ojos cerrados y sublime el rostro erguido en dirección al sol. Intentaba entender lo que decía, mas no conseguía interpretar sus palabras. Entonaba bien sin música, la gente pasaba a su lado mas ninguna se detenía a escucharlo. Nadie siquiera lo miraba. Yo un poco avergonzado miraba a mi alrededor en busca de alguna mirada pasajera. Cuando por fin termino de cantar, me miró y sonrío. Su rostro joven, asiático, sonreía con luz propia. Sus ojos con un brillo peculiar me sorprendieron y hasta me extasiaron. Hablaba perfecto varios idiomas. Me explicó que había entonado una canción propia de su autoría, que estaba dedicada al sol. Esto me conmovió mucho. Conocía pocas personas o casi ninguna que sintieran aquel singular amor por el viejo astro de la vida. Supe enseguida que yo era una de ellas y que poco me había importado. Me desplomé sobre el descanso del banco, cambiamos una mirada casi infinita, llena de sentimientos, completa desde el alma. Se levantó suavemente y se retiró sin otro gesto que aquél profundo abrazo de su mirada.

G. F. Degraaff

Música

Se abarca la totalidad en la duda. Impulsan los juguetes viejos la creación del espacio nuevo donde jugar. Nos juntamos para formar el mar, vertiendo en el aire la fusión natural de nuestras almas. Y de cada rincón el silencio es arrancado como una espina en la piel. Hoy hemos volado. Lejos, entregados a la súbita felicidad de cada momento, anesteciados los cuerpos en la imaginación. Irredenta se eleva en el paisaje único de nuestros ojos. Y conquista en el cielo los sonidos exóticos de la magia entera. Lo digital encierra un reloj escondido, no se permite saltar en el tiempo sin caer fuera de él, además, la sutileza que genera el tacto sensible para la armonía es imprescindible en la continuidad de la atmósfera. La crudeza en cambio, de una distorsión embarrada en la bizarrez alcóholica, sigue el sendero que ante los oídos bifurcan la atención. Los dedos mágicos que sienten la vibración en lo mas profundo del ser amanecen temprano en compañía del cristal de los sabios. Mientras el golpe llena la habitación de los sordos, la conquista reclama su territorio. Hasta aquí la noche parece volverse la invitación a un nuevo sueño. Aquel lejano que una vez perdí en el camino. A veces le decíamos música, otras, ruido.

G. F. Degraff

La magia invisible

Se volvía la maravilla de la gloria. Caminaba bañado en sudor la voz del eminente conferenciante. Mientras se apagaba la tos de un invierno que castigaba las aguas de Poseidón y los ángeles del anuncio. Por las paredes, todo simulaba la atención espectral de los testigos ciegos que sonreían al no ser vistos. Cuando el silencio reinó por fin, el techo parecía hundirse y toda esa gloria se convertía en el soporte de una cruz de bronce.
Llamó el viento las miradas asesinas:-Absolutamente todos los problemas podían ser solucionados efímeramente con inconvenientes mayores. Y la capacidad de sufrir un poco mas, se transforma en la esperanza de los pobres. Si el tiempo consigue dar su vuelta completa, todo marchará sobre las calles oscuras del placer y del olvido, la primera sensación de una libertad inquietante que aniquila el grito salvaje de la sangre, borrará las huellas del camino nuevo. Después de todo sólo son caminos que fugazmente se transforman en nuestros propios agujeros negros. Enmendar hasta reemplazar no asegura el éxito. Obrar sinceramente no asegura la supervivencia. ¿Qué estamos dispuestos a perder?. No pienses en ello, sólo vívelo. La realidad de los sentimientos es inmensa como el horizonte, más la idea de sentimiento no deja de ser en sí misma una pseudovibración interna necesaria. ¿Cuánto estamos dispuestos a amar? En estos tiempos el amor son palabras. Hace tiempo una voz gritaba y rugía, atropellaba la garganta en nombre de un amor mas creíble, mas real. No vuelan ya, ni siquiera en el agua, las épicas súplicas del amor de aquellos "malditos".
Pendía la soledad de un hilo cuando el destino obraba en su esplendor, seguro, lanzado a hacer creer lo que estaba dispuesto a mostrar. Jamás pregunta la lluvia antes de caer, sólo cae, y nos queda mirar como en la ruta las estrellas son tantas. Comiendo la tela de la pantalla, sin explicación sumisa, me entrego ante los ojos del Gran Maestro al que algunos llaman Vida.

G. F. Degraaff

Los Antiguos

Crece la historia, camina con el tiempo y las generaciones. Son tantos recuerdos vituperados, verbigracia, el verdadero móvil Nacionalsocialista, los quince poemas a la libertad del Ruso Trovovsky o el mismísimo Necronomicón. Todo alude a pensar que nos resulta mas fácil barrer la basura bajo la alfombra, o esconder las huellas que guían al abismo del conocimiento infinito.
Bien, el relato que a continuación comentaré no declina su suerte arcana y corresponde a la historia no escrita de la historia de la humanidad. Cuando tuve acceso a ella bajo el albur inesperado de un sueño, no logré corroborar su ubicación excata, dado que ningún mapa hace referencia a ella. Por otra parte, intuyo que sugiere una zona cercana a Wadi Hammamat, en el desierto oriental egipcio.
Un pueblo alejado de todas las grandes civilizaciones que antecedieron a Ramsés IV, sumidos en una aldea antigua que no figura en aquel viejo mapa de Amennakhte, víctimas y creadores de su propia destrucción.
Según fui testigo en mi sueño, me vastó conocer las murallas de aquella civilización para entender que nadie podía entrar ni salir de allí. La estructura formaba una gran circunferencia, sin ninguna puerta visible. Algunas escaleras se proyectaban hacia lo alto, invitando a intentar escapar volando o a resignar la vida saltando al lejano piso de piedras. La arena disfrazaba mis intentos de dibujarla. Era sin dudas una especie de cárcel antigua. Aquella civilización extraña contaba con unas trece salas diferentes entre sí, pero de similar tamaño arquitectónico. Cada sala poseía un singular símbolo, uno de ellos me recordó al Imox Maya. Caminé la circunferencia mas nunca llegaba al punto de orígen. Decidí explorar fugazmente aquella sala con aquel reconocido símbolo. Dentro de la antecámara pude ver inmensos volúmenes de libros que me resultaban conocidos. Me acerqué hasta el grueso lomo de un libro que parecía ser La Ilíada, intenté sin éxito quitarlo de su lugar, pues su enorme tamaño pudo más que mis fantasmagóricas manos. conseguí observar algunos títulos que sostenían mi presagio, El sutra del Diamante, El papiro de Derveni, un moderno opúsculo de La Biblia de Ulfilas y una excelente y celosa referencia del Kitab al-jabr wa'l-muqabala. Me resultaba incomprensible hallar estos libros en una ubicación en tiempo y espacio completamente alejados de aquellos considerados originales. Caminé en torno a la sala semioscura en la que me hallaba, las paredes lisas no evidenciaban ningún proceso de constucción por piedras, más bien, eran enormes rocas planas en posición vertical las que sostenían un techo que dudo hubiera estado separado de aquellas gigantes rocas. me perdí unos minutos en la total oscuridad, al decidir regresar ya no había nada detrás mío. Cuando alcancé la salida, o mejor aún cuando la salida me alcanzó corrí para situarme en el centro de aquella circunferencia amurallada. El sol secaba los labios. Insólitos símbolos dibujados en la candente arena atrajeron mi atención. Nadie respiraba a mi alrededor mas sentía la presencia extraña de la fiebre social. Y en el techo de la sala que se podía observar en dirección al este, un anciano señalando con su largo bastón, con voz inquisidora dijo:-Et divaj e´m tinoj, hansé vi`n hammamat sihul a`tsj jire´m. Perplejo quedé mirando al sol. El anciano había desaparecido mientras cerraba mis ojos en la acción involuntaria del pestañeo. Un segundo más tarde estaba parado en las altas rocas, alejado, alrededor de aquellas murallas que contenían el secreto del tiempo. El ruido incesante del trabajo comunitario dejábase oír en la distancia. Provenían de un solo lugar y de muchos a la vez. No recuerdo bien mi regresar al estado ordinario, claramente extasiado todavía podía oir aquel extraño ruido. ¿Quienes eran aquellas almas? ¿Cómo habían conseguido aquellos libros, cuales no fueron escritos sino despúes de cientos de años?. Tomé rápidamente el agua de la canilla del baño, mojé mi cara e intenté relajarme. Si todo estaba escrito antes de ser escrito, si todo culmina volviendo a existir, y lo que aquí haga ahora volverá a pasar en miles de años, aquella circunferencia, posiblemente sea, donde venimos y hacia donde vamos, el punto que contiene todos los puntos.

G. F. Degraaff

Vacilante

Estaba bloqueado. La terrible contienda de la rutina concluyo mi ánimo y anesteció mi mente. Con la suavidad de las hojas al caer de un árbol que nadie vió, con ese ruido imperceptible que sólo el alma escucha. Abrí la ventana de mis letras y el horizonte no podía distinguirse. No conseguía oir mis propias súplicas, el cuerpo pesaba mucho como para remontar vuelo. Hoy siento ese pequeño que apenas camina, sentado, debajo mío, sin poder levantar una idea. La salida mas clara parece ser la mas difícil. Caminando bajo el vaho del invierno crudo que galopaba en mis pies, con algunas horas de desvelo, algunas pocas de sueño, comienzo a sentir como pronto el día amanece de noche again. Colillas de cigarros que parten mis labios son las únicas compañías, y esta copa de vino... Ay! esta copa! la oprimo con el ansia de regresar a la marea, al torrente de símbolos que aullan en mi pecho. Recordaba la sensación de la responsabilidad, que extraña se me hacía la quietud en mi alma, como la luna testigo del vendaval infinito, de los rayos que buscaban tocar tierra, así sentía mis ojos al no lograr enfocar un segundo en ese centro que algunos llaman armonía. Nadie tiene la fuerza suficiente, y ningún castigo es mas terrible que aquel que podemos darnos nosotros mismos. Expiarse parece cruel, tan cruel que ningún médico lo recomendaría. Sólo los sabios conocen el manantial de purificación que se esconde en nuestra propia tormenta. Pasa el tiempo, cual el tren que me deja en la estación de las lágrimas. Seca el tiempo los húmedos vastagos que fuerzan la vida. Había regresado a una antigua adicción. La de buscar en el fondo la solución de la utopía. Cientos, miles, millones de rayos que en ninguna dirección bajan del sol hacia mi cuerpo inerte, que come lo que vomita, que roe la silueta de mi sombra. Oh! ¡las flores se marchitan tan pronto! el amor no encaja en mi percepción diaria, está de mi lado. Tropiezo y creo que fue mi culpa. ¡Dèjá vu!, siento haber sido testigo de mis pasos alguna vez... cierto es que los caminos son distintos pero llevan a lo mismo, cierto es que la felicidad dura todo el tiempo que conservamos nuestros ojos abiertos... a mitad de camino el camino se bifurca, señales anuncian el destino y nosotros en el medio de la lluvia, parados frente al camino, mirando, llorando... ¡Tiempo! espero tu aguardo... No olvides en el pasado lo que traes para el futuro... Recuerda que también naciste en algún lado, recuerda que también has visto lo que mis ojos no vieron, deja de correr, detente un minuto a mi lado, y llora conmigo alguna vez.

Muerto

Acaso la memoria está vituperada? La fantasía termina cuando el cristal se rompe, y esta copa ha dejado de sangrar. Las espinas de la compasión rumian el desenlace, ¡desertar!, ¡pronto!, ¡a mis sueños!. Las huellas de algún camino en el pasado muestra el silencio de todas las palabras... ¡si supieras! cuanto comprendo... Pero es menester tener la fuerza y la convicción para encarar el camino a lo desconocido... No podemos seguir amarrados a lo conocido por siempre, aunque esto sea una soga que tira de nosotros cuando hay problemas... ¿El valor de las cosas, quien lo pone? ¿La intrepidez de donde nace? Cortar el cordón se vuelve necesario, ¿A ver hasta donde llego por mi cuenta? debe haber sido mi primera pregunta en la vida... Hoy vuelvo a la luz, renazco como tantas veces, y vuelvo a mi primera pregunta... No puedo acompañar desde cerca, no puedo caminar apoyado siempre... Si alguna vez he muerto, ahora lo sé, fue por mi mismo...

Silencio

Maravillado por el suburbio, el esplendor paterno logra soltar el asa ineludible de la libertad. Siempre codiciando el regreso de las probabilidades de tapar el mar bajo el remo. Se procede no sin miedo, nadie siembra una flor para arrancarla. Pero no son propias las manos que separan los trozos del panegírico. Con cautela pero intrépidos, firman leyes de conveniencia social en ambos lados del camino. Una sufre, la otra argumenta sin esconder la sonrisa, que el cielo hoy brilla más.
De a ratos la ley se quebranta en los arrabales. El juego resulta así prohibído por ascetas del pasado. Con batalla en varios frentes, pocos ejércitos ganaron una guerra.
Cuando me disponía a avanzar por las oscuras calles del humo, regresaban fugaz, incoherentes, las voces del temor de mis ancestros. Debido en parte a la irrisoria información. Debido en parte a la congestión de datos. Miré por un hoyo en la cercanía de una fábrica cuyo tizne me recordaba el color de una vieja remera. Nada de rubíes, ni esmeraldas. Las placas brillantes de dos autoritarios personajes contrastaban como aquél agujero frío en la noche cálida. En el lacónico período de ceguera me embistieron como almas asustadas aquellos rostros que figuraban en la penumbra, y antes de poder hablar estaba condenado a mirar unos ladrillos húmedos. Las manos que presionaban la espalda eran mías. Las manos que sujetaban mis manos no lo eran.
-¡Quédate quieto! Fue lo primero que escuché, inundado el ambiente de ruidos mecánicos.
-¿Qué sucede? Pregunté aún extasiado.
-¡Pedazo de mierda, quédate quieto! Sentí dos golpes a la altura de los pulmones. Me hicieron crispar. Con tal violencia reían mientras revisaban mis bolsillos fugazmente. La noche comenzaba a volverse fría. El ruido de las maquinarias del otro lado de la pared zumbaba en mis oídos como testigos ciegos. La fuerza me mantenía atado contra el muro, mientras decenas de golpes llovían a mi espalda. Mientras era examinado completamente por esas sucias manos policiales. En ningún momento me permitieron dar vuelta. Sonreían, me insultaban, sentí escupir en mi cabeza, me golpeaban con tal fiereza que podría haberse desgarrado mi piel con el soplo de una brisa nocturna. Al cabo de unos instantes, miraba el piso. En posición fetal, amortiguaba golpes que quitaban el aliento. Creo recordar absolutamente todos los detalles de las cuatro botas que expectoraban golpes sobre mi hígado. Recordé en un segundo la totalidad de vida, me hallé oliendo las rosas de mi jardín, me miré corriendo para saltar sobre las bolsas de paja del campo de mi padre. Miles de momentos brotaron frente a mis ojos, que buscaban volver a ver el pavimento. Cuando conseguí enfocar aquellos ladrillos húmedos de la pared, volví a respirar. Luego de la injustificada golpiza, intenté levantarme no sin esfuerzo. Mientras sacudía mi ropa, me limpiaba la sangre, e intentaba adormecer los dolores de mi cuerpo, recordé el frasco de pastillas que traía conmigo en uno de mis bolsillos. Este ya no estaba. Lo habían llevado. Con pedirlo, se los hubiera dado.

G. F. Degraaff

Surrealismo

...confuso, filoso, cortante, agudo, tajante, maniático, neurótico, fugaz, engañoso, veloz, frenético, delirante, perverso, desequilibrado, volátil, demente, vertiginoso, fulminante, morboso, flexible, terrorífico, afiebrado, alienado, imbuido, lacónico, expansivo, sugestivo, sucio, duro, difícil, crudo, tenaz, explícito, intrépido, conturbado, agitado, trepidante, inestable, versátil, caótico, oscuro, explosivo, espontáneo, abierto, entumecido, lapidario, suicida...

La huída

Dibujan el horizonte las jerarquías que discuten su reverencia de sangre. El mal paso de dos piernas determinaron la corriente en extinción. Violáceos los lauréles se tornan y alejarme del paraíso parece inevitable. Las sombras de batallas cautelosas sobre arenas gualdas que allanan la penumbra se vuelven el rincón de los pensamientos. Complace el sonido a quienes sin oído vuelan ese domo inquieto que inventa dioses para las paredes. -¡Si!- la razón puede volverse el vidrio de tus ojos, y gana por cansancio. No admite desertores. Viajo por donde la piel se eriza y gustoso disfruto del terror. Lame el laberinto las botas húmedas y los corcéles blancos que escapan.
Ahora el príncipe vuelve a ser futuro, ya, desde tiempos antaños viaja el soberbio. La caótica explicación de lo que significa el tiempo. Ni siquiera hay caos.
Cómete la tela de las medias y vomitarás exitos. Hay demasiados que así lo entienden. Y se escupe la inoncencia en todas partes.
Con firmar ya estas dentro. Y unas gotas de tinta gobiernan tu alma. Regalas ese caos que resulta la existencia, cedes mas de la mitad de la corona, y emotivo cruzas las avenidas que sofocan tu bosque. Sigue corriendo, quizá llegues al final pregutando porque has ido por el camino mas seguro. Mirando el resto del campo a los costados creerás que existen miles de destinos.
Era tiempo ya de volverse ricos rumiando las buenas costumbres, dijo un monje en la espera de su Dios. Mientras de la caverna veo cuantos escalones tiene la escalera. Hay francotiradores mirándonos.
El tiempo es ahora, y ahora sigo dormido. En el sueño de mi jardín, mi tiempo es mañana. Entonces ¿Dónde vivo?.
-¡Alejaos de este peligro!- ¡Corred a las montañas del hombre del mañana!
Parece tan frágil, desenlace de los huesos pronto, antes que la luz irredenta exclame:
-¡Vuelvan aquí, demonios del futuro!.
Entonces cualquier sendero se vuelve peligro. Sin intentar han muerto muchos que intensamente buscaron... Sin intentar.
Pero el obstinado siempre busca hasta encontrar el recurso de todos. Y un mundo feliz resulta para todos ellos. Es que la necesidad se vuelve sangre para la piel bañada de rocío de primavera que busca alcanzar el invierno.
Se asomaba el gélido cristal desde la ventana que permite pasar el aire cínico encausado. Su caudal frío escapa a las corrientes marionetas.
Te expulsan y te reciben como un héroe, no importa tu casta ya, tu nombre es divino.
apretan, y sale el veneno como por la herida, arrasando la piedad de los tristes.
La transfiguración es enorme en los sótanos cálidos que abrazan el arte. Ya lo veo, Arriba camina la brisa, abajo, los huracanes. Distinto del mar que en la superficie muestra su ira, y en el fondo se escatima el deseo perpetuo.
Si la salvación requiere metal precioso, somos muchos los que llenaremos las salas infernales. Será el recurso de Dios, volver el cielo exclusivo.
¡Oh! intento reir en vano. La greda húmeda te hunde y el sol como testigo nada puede hacer para que la soga llegue a tus manos, o al menos hasta el cuello.

G. F. Degraaff

En el campo (II parte)

Sólo, en medio de un campo rodeado de pastizales altos, la noche acrecentaba su autoridad, su poder. La luna centellaba luces de colores que alegraban a los espíritus que merodeaban la noche. El estanciero, corría, sin piedad con sus piernas, con una enorme agitación en la respiración. Sus pulmones hinchados de humo, se encontraban al borde del colapso, esto debilitaba de gran manera el estado físico del estanciero quien condicionado por su edad comenzaba a sentir los efectos de la falta de aire en la sangre; visión poco clara, pensamientos dificultosos, debilitamiento de las extremidades.
A los pocos metros, escuchó una conversación entre los pastizales, dos hombres jugaban una partida de cartas sobre una mesa redonda, de madera tallada, rústica. Ambos invitaban con gestos y ademanes al estanciero, quien con cierta desconfianza de su claridad mental, se alejaba, sin quitar la vista sobre lo que veía. Al correr hacia atrás, inevitablemente había pasado por alto la luz del semáforo de la intersección de la avenida, y observó como un policía lo llamaba con un aire impositivo. También comenzó a alejarse, hasta que por fin cayó en un enorme agujero que había en el suelo, caía constantemente por un túnel con fotos sobre las paredes de colores fluorescentes, sin fin aparente. De pronto, solo sombras, la vista había desaparecido, estaba consciente de todo lo que pasaba a su alrededor, su oído, su tacto, su olfato, todo decía que había despertado por fin de su ilusión. Al abrir los ojos, un circo, una enorme carpa con fuegos artificiales se adueñaba de su atención, miles de personas, figuras desfiguradas, con enormes bocas, algunos combatiendo entre si, por un globo que terminaba perdiéndose en lo alto. El bullicio perturbaba incluso a los animales que intentaban escapar ante la expectación de las plateas, que albergaban a los mas altos funcionarios del gobierno y a cleros enfundados en sus capas de color oro.
Al tomarse de un trapecio, se encontró en la cúspide de aquel circo, y fue entonces que comprendió que de un salto podía cambiar su escenario, que sea cual fuere, él tenía la capacidad de cambiarlo. Entonces soltó sus manos y voló libre entre las nubes y se halló en medio del campo rodeado de un potente silbar de grillos. Tendido sobre el suelo, exhausto. Fue entonces que decidió regresar.
Después de unas horas, al llegar nuevamente a la estancia, desde el noroeste, vio la figura de su extraviado compañero, sentado, como esperándolo hacía un tiempo. La vestimenta fue lo primero que atrajo su atención, no parecía el mismo ropaje con el que algunas horas antes había estado, su apariencia era diferente, entonces, con miedo a estar viendo una ilusión, se abalanzo sobre su vecino, con un alarido de guerra, arrojándole un golpe. Esquivar el golpe no fue tan difícil como explicarle que no había sido él quien lo había acompañado en su travesía por el campo.


G. F. Degraaff

En el campo (I parte)

En el Umbral, la noche se movía lentamente, como siguiendo el canto de las luciérnagas, que danzaban bajo los rayos de la luna llena que resplandecía al norte sobre colinas embarradas de una oscuridad placentera. Él muy bien sabía que para llegar al otro lado del pueblo debía atravesar el inmenso campo que lo separaba, rodeado de nada, sumiso en la fiebre nocturna, como vacilante ante la presencia extraña del aire sin luz, el ambiente generaba cierta tensión, pues, muchas veces el caminar en esta inmensidad, sobre todo oscura, quedaba uno expuesto a cualquier tipo de peligro, desde animales salvajes que ansiaban un cuerpo con el cual saciar su apetito, hasta los inexplicables fenómenos legendarios que revelaban todo su misterio y que acaudalaban el miedo desde los pies a la cabeza. El propósito de la aventura era incierto, las posibilidades de llegar al otro pueblo también lo eran. En realidad necesitaba, creo yo, superar un miedo antiguo.
Esa noche la niebla, cubría como un manto de humo los alrededores de la casa, y él dispuesto a salir, tomo su escopeta entre ambas manos, aseguro su cuchillo sobre su faja y se sumergió en aquella inmensidad, abatiendo cualquier argumento válido como para evitarlo.
Al poner un pie fuera de la casa, observó, con no mucha claridad, la figura de un hombre que se acercaba desde algunos metros, viniendo desde el frente de la casa, hacia el lado de la constelación de Géminis, a esa altura del año se situaba al noroeste, contrariando con Libra. Al deshacer la nube de rocío que cubría sus ojos, mas bien, al estar lo suficientemente cerca, reconoció el rostro de su viejo vecino, quien vivía en otra estancia similar, a dos kilómetros de distancia. Su presencia detonó por escasos segundos un sentimiento confuso, entre temor y alegría, entre furia y tranquilidad. La aparición de esta persona podía ser causa, y muy bien lo sabía, de su trastorno esquizofrénico, esto generaba cierta desconfianza de su realidad, su mirada se tornaba incierta, su respiración y su ritmo cardíaco aceleraban acrecentadamente, generando un sudor frío que le bañaba todo el cuerpo. Al hallarse a pocos metros, se precipitó a su encuentro, tomándolo por las manos, acariciando su rostro, luego sin motivo aparente, le arrojaba un golpe con toda ira, como liberando su miedo de estar viendo una simple ilusión. Si acertaba el golpe estaba seguro de que no correspondía a otra visión, a otra alucinación.
El caballero era real, de esto se enteró cuando su vecino, enterado de su enfermedad le suplicaba tranquilidad a su explosión de miedo, con la boca bañada en sangre. Le hizo saber que estaba allí para acompañarlo en su travesía nocturna por la extensión de hierba que se perdía en la lejanía.
El estanciero, conociendo los peligros que le esperaban aceptó a su compañero, pidiéndole disculpas por su acción exagerada y altiva, e invitándolo a servirse de una pequeña pistola de seis balas, calibre treinta y dos, y unos cuantos cartuchos extras por seguridad.
La extensión del campo parecía mezclarse con el cielo estrellado, los altos pastizales daban una apariencia un poco mas siniestra al considerable tamaño de la estancia. Tomaron cada uno una bolsa de grandes dimensiones, y se adentraron entre los pastizales y la paja brava, que, con su filo imperceptible proponía mas peligrosidad. Entraron en lo profundo del campo, el cielo dificultoso se podía ver tras los empinados pastos, el silencio gobernaba la noche. Cada paso invitaba al crujir del suelo y sin vacilar ambos hombres apretaban el paso.
La sensación de un tercer acompañante comenzó a perturbar la mente del estanciero, quien con la mano fuertemente apretada a la de su compañero evitaba mirar atrás; la caminata era ya extenuante. Unos metros mas adelante ambos decidieron tomarse un tiempo para beber agua y limpiarse las botas que estaban cubiertas de un lodo espeso. En su descanso, el estanciero comentó su sensación de peligro, la extraña y súbita sensación de sentirse perseguido por una extraña figura, que como conteniendo el aliento corría por detrás de ellos; aquella extraña sensación había llegado incluso a la exposición sensorial del acompañante del estanciero, y en su mente había comenzado una persecución de vida o muerte, ambos sentían lo mismo. Rápidamente, el estanciero tomó la mano de su compañero y volvió a correr con todas sus fuerzas, sin aliento, corrían zigzagueando, sin rumbo, apresuradamente, sin mirar atrás; ambos volvieron a sentir la abominable sensación de soledad en medio del campo, expuestos a cualquier peligro, indefensos ante su supuesto perseguidor, quien de manera furtiva corría atrás de ellos, acechándolos a cada paso. Ninguno se figuraba detenerse, solo corrían desesperadamente.
En un momento, en que la noche se hacía mas extensa y los minutos parecían frenarse al silencio infinito del rocío, un descanso en medio del campo, donde los pastos mas bien estaban cortados como a medio centímetro del suelo. Adelante, unos tres metros, los pastizales volvían a medir entre tres y cuatro metros de altura. Pararon. Se hallaron mirándose el uno al otro, contagiados de adrenalina, ninguno era capaz de articular palabra alguna, miraron el cielo, y corrieron en dirección contraria. Al percatarse de su soledad, el estanciero se detuvo, se encontró solo con aquella extraña sensación que le atormentaba, daba vueltas en círculo. Volvió a sentir desesperación y ante una nueva sensación de persecución, tomó su arma entre las manos, y acertó disparos al aire.

G. F. Degraaff

Lucha

Plagiaron mi alma, la vi en manos de un príncipe, entre la letanía de mi voz y la respiración de un anciano.
Nunca le di al alma un valor pignoraticio, como la savia que asciende, así me figuraba a mi espíritu.
Los espejos la encerraron, en una prisión infinita entre dos que se miran.
Mi salvaje rebudio no alcanzó la tela que disfraza la visión. Ahora no sé quien tira de las riendas.
Me entrego a mi pasión, bajo el manto sagrado de algún Dios extraño para sí mismo.
Imparcial, lujurioso. Suburbio doméstico, doctrina exagerada. Piso el piso en el aire de cada mañana. Como greda se embarra en mi y me atrae, como melaza escondida.
El Mengue de algún paraíso que se disfraza de moral, empuja mi cuerpo hacia el todo carente de final.
Y ahí me encuentro, salvando la distancia entre lo que imagino y lo que toco. Quizá dejé en algún tiempo, la fuerza, en alguno de los lados. Quizá, en el equilibrio, ¡ay! pero que dificíl es caminar sin el báculo.

G. F. Degraaff